Dignificar la política salvadoreña. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 12 septimebre 2016 / EDH

El Salvador vive actualmente una crisis de representación de los partidos políticos. Debido a las malas prácticas que se han dado a lo largo de décadas, la palabra “política” ha adquirido una carga emocional negativa, llegando a considerarse una cosa mala. Los ciudadanos no nos sentimos representados completamente por ninguna de las opciones políticas existentes y cuestionamos muchas de las decisiones adoptadas por cada uno de ellos. A pesar de las líneas anteriores, es innegable la importancia de los partidos políticos en la democracia del país, como vehículo del balance de ideas y proyectos para la nación.

diario hoyYa que en los Estados modernos es imposible la práctica de la democracia directa, se vuelve necesario tener personas que se dediquen exclusivamente a velar por los intereses propios de los distintos pensamientos; estos representantes se agrupan en partidos legalmente constituidos, los cuales se constituyen como los únicos medios para el ejercicio de la representación política. Este modelo de democracia representativa, adoptado por la Constitución salvadoreña en el artículo 85, obliga a los distintos sectores representados a armonizar los diversos intereses en juego dentro de una sociedad plural. La derecha generalmente ha representado la defensa del modelo económico liberal, del ejercicio de las distintas libertades y de la eficiencia en el manejo de la cosa pública y privada. La izquierda ha tenido como bandera la lucha por la justicia social, igualdad y solidaridad con los menos favorecidos. Ambos pensamientos son totalmente válidos y y necesarios para complementarse.

Al considerar la gran importancia que tiene la institución del partido político, resulta increíble la manera en que los de El Salvador insisten en desprestigiarse y dejar de ser considerados una opción viable para conducir el país. Hace siete meses escribí mi percepción del partido político de oposición en el país, ese que da la impresión de oponerse a las cosas solo porque sí, que se limita a criticar o a simplemente llevar la contraria; ese partido que deja a un lado el trabajo de proponer soluciones concretas y viables al problema del país para solo actuar de manera reactiva y dispersa. Poco ha cambiado en ese tiempo; la nueva dirigencia de dicho partido tiene una labor cuesta arriba por delante, ya que si el Gobierno lo está haciendo mal, ellos tampoco están haciendo mucho para proponer respuestas a problemas como el déficit fiscal, pensiones, desempleo, malos servicios públicos, entre otros.

Por su parte, el partido en el Gobierno está escribiendo un capítulo lamentable en su historia, al que podríamos denominar “la pseudoizquierda: defender lo indefendible y las crónicas de una cuasi apología del delito”. Es increíble cómo las voces de más peso en ese partido justifican gastos irracionales de fondos públicos, se limitan a seguir culpando a los gobiernos de derecha anteriores de la falta de resultados, cuando tienen más de siete años en el poder.

A mí no me parece que estos voceros del partido del gobierno representen a aquellos que tienen un verdadera ideología de izquierda, aquella que piensa en términos de igualdad y justicia social, pero sobre todo ejecuta con coherencia el pensamiento que proclaman. Este partido político no tienen la necesidad de sugerir la evasión de procesos penales antes que inicien a investigados por delitos de corrupción; no deberían estar defendiendo y negando a ultranza el enriquecimiento ilícito cuando todos hemos visto con nuestros ojos el despilfarro en lujos del expresidente y en los dirigentes de ministerios y autónomas; no deberían anular la institucionalidad cuando no les conviene en términos de costo político.

Dada la gran importancia que suponen cada uno de los partidos políticos, en representación de sectores importantes de la población que comulgan con su ideología y propuestas, es imperativo que estas agrupaciones devuelvan la dignidad a la política y sean un fieles al reflejo del salvadoreño trabajador, emprendedor, que aunque tenga distinta ideología que la persona que está a la par, ambos sean capaces de comulgar con un mismo fin: trabajar por la construcción de un mejor El Salvador. Esto va a pasar necesariamente por limpiar sus filas de los elementos ineficientes y corruptos.

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