Experiencias de las que no se aprende. De Fedrico Hernández Aguilar

federicoFedrico Hernández Aguilar, 10 agosto 2016 / EDH

Ahora que el gobierno tiene el agua hasta el cuello, desbordado por los efectos de sus malas políticas económicas, qué fácil resulta a algunos soltar la lengua sobre lo que debe hacerse. Si al menos estos “analistas” hubieran sido consecuentes en sus propuestas antes, cuando era oportuno, quizá hoy podríamos creer en su objetividad y criterio. Pero quien nunca se atrevió a hacer pronósticos de tormenta, pese a la negrura que asomaba en el horizonte, ¿con qué autoridad pretende hoy vendernos sus paraguas como si fueran los únicos que van a protegernos del diluvio?

diario hoyLos adalides del “gasto social” se pasaron los últimos años enjuiciando con dureza a las gremiales empresariales por el énfasis que estas hacían en la contención general del gasto. Eran curiosamente agresivos tildando a otros de “insensibles”, “explotadores” e “indiferentes al dolor y la pobreza del pueblo”, pero se negaban a reconocer, con el mismo vigor, que al gobierno le urgía una política de austeridad, además de un compromiso real con la transparencia. Ahora que están delante las consecuencias de haber ignorado las advertencias, ni una pizca de autocrítica hallamos en los análisis de quienes sospechaban de todo llamado a la responsabilidad fiscal.

Atacar a los gremios que defienden principios de libertad económica nunca ha resuelto ningún problema económico. Tampoco lo ha hecho, en ningún lado, ese discurso clasista que afirma remediar la pobreza socavando los factores que generan riqueza. Lastimosamente, todavía quieren algunos seguir enfrascados en la insensata labor de recetarle ideología a un problema que se resuelve con pragmatismo, lógica económica y mucho —mucho— sentido común.

¿En qué ha terminado beneficiando a los pobres de Venezuela el haber tenido gobernantes que se llenaron la boca hablando de ellos y por ellos? ¿Quién se atrevería a decir que la situación económica de la República Bolivariana es mejor hoy de lo que era en tiempos de Herrera Campins, Lusinchi o Caldera?

La izquierda académica, tan efectiva para volver inapelable cualquier febrilidad retórica, hoy está perdiendo batallas importantes allí donde, por cierto, las ha perdido siempre: en el terreno de los hechos. El chavismo ha empujado a una nación petrolera a la indigencia, mientras que aquel gran “referente de la dignidad” de la historiografía socialista, Cuba, se vuelve a quedar huérfana de patrocinadores que le ayuden a salir del agujero negro de la terquedad castrista.

Por varias décadas, en Latinoamérica leímos y escuchamos a intelectuales (algunos bastante inteligentes) afirmar que el principal obstáculo al desarrollo de Cuba no era otro que el embargo económico impuesto a la isla por Estados Unidos. Más allá de lo que cada uno piense del embargo —este servidor, para el caso, nunca fue defensor de la medida, entre otras cosas porque le otorgaba gratuitas herramientas discursivas a Fidel—, ahora queda bastante claro que el principal culpable del desastre cubano es el régimen que lo ha gobernado por 57 años.

Si responsabilizamos de la pobreza de las naciones subdesarrolladas a cualquier fuerza que impida el comercio entre ellas, es incongruente aceptar que esa misma libertad de intercambio se vea restringida al interior de esas naciones. La ausencia de limitaciones que se pide para el comercio internacional de un país debe ser idéntica a la que se quiere ver funcionar a lo interno de ese país, pues iguales mecanismos llevan a la prosperidad de las naciones que de los individuos.

Si alguna vez fue cierto que el embargo estadounidense impidió el desarrollo económico de Cuba, ¿cómo justificar intelectualmente a un régimen que mantuvo seriamente limitado el mercado interno cubano por más de medio siglo? ¿Por qué aplicar razonamientos distintos para examinar realidades que tienen exactamente la misma lógica?

Uno quisiera creer que el izquierdismo salvadoreño ya aprendió de estas crueles lecciones históricas, tanto de las foráneas como de las propias. Pero las señales que está enviando, otra vez, no son muy alentadoras. ¿Será solo soberbia no querer admitir lo evidente?

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