Habla el hombre acusado de orquestar el golpe en Turquía: He defendido a la democracia durante décadas

Matt Rota

GULEN

Fethulah Gülen es predicador turco y activista social, fundador del movimiento Hizmet. Adversario político del presidente Erdogan.

Fethulah Gülen, 29 julio 2016 / THE NEW YORK TIMES

SAYLORSBURG, Pensilvania — Condené en los más firmes términos el intento de golpe de Estado sucedido en Turquía este mes. “El gobierno debe ganarse mediante un proceso de elecciones libres y justas, no a la fuerza”, dije. “Le rezo a Dios por Turquía, por los ciudadanos turcos y por todos los que actualmente se encuentran en Turquía, para que esta situación se resuelva pacífica y rápidamente”.

A pesar de mi protesta inequívoca, similar a otras declaraciones emitidas por los tres grandes partidos de la oposición, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan me acusó de orquestar el golpe de Estado. Exigió que Estados Unidos me extraditara de mi hogar en Pensilvania, donde he vivido en exilio voluntario desde 1999.

La sugerencia de Erdogan no solo contradice todas mis creencias, sino que también es irresponsable y equivocada.

Mi filosofía contempla un islam inclusivo y pluralista, dedicado al servicio de los seres humanos de cualquier credo, por lo que es la antítesis de la rebelión armada.

NEW YORK TOMES NYTDurante más de 40 años, los integrantes del movimiento con el que estoy asociado —llamado Hizmet, que en turco significa “servicio”— han defendido y demostrado su compromiso con una forma de gobierno cuya legitimidad dependa de la voluntad de la gente y respete los derechos de todos los ciudadanos sin importar sus creencias religiosas, afiliaciones políticas ni orígenes étnicos. Empresarios y voluntarios inspirados por los valores de Hizmet han invertido en la educación moderna y el servicio comunitario en más de 150 países.

En una época en la que las democracias occidentales buscan voces musulmanas moderadas, yo y mis compañeros de Hizmet hemos tomado una postura clara contra la violencia extremista, desde los ataques del 11 de septiembre hasta las brutales ejecuciones del Estado Islámico o los secuestros de Boko Haram.

Además de condenar la violencia sin sentido, que también se vivió durante el intento de golpe de Estado, hemos enfatizado nuestro compromiso por evitar el reclutamiento de terroristas entre la juventud musulmana y fomentar una mentalidad pluralista y pacífica.

A lo largo de mi vida he denunciado públicamente y en privado las intervenciones militares en las políticas nacionales. He defendido la democracia durante décadas. En las últimas cuatro décadas, los turcos hemos sufrido cuatro golpes de Estado por parte de las fuerzas militares —y en esos regímenes fui víctima de acosos y encarcelamientos arbitrarios— por lo que jamás querría que mis compatriotas volvieran a padecer ese sufrimiento. Si alguien que aparenta ser simpatizante de Hizmet ha estado involucrado en un intento de golpe de Estado, traiciona mis ideales.

Sin embargo, la acusación de Erdogan no es una sorpresa, no por lo que dice de mí, sino por lo que revela sobre su impulso sistemático y peligroso hacia la autocracia.

Como muchos ciudadanos turcos, los miembros del movimiento Hizmet apoyaron las primeras iniciativas de Erdogan para democratizar Turquía y cumplir con los requisitos para ser miembro de la Unión Europea. Sin embargo, no estuvimos callados mientras pasó de la democracia al despotismo.

Incluso antes de estas nuevas purgas, en años recientes el presidente ha cerrado diarios de forma arbitraria, también destituyó a miles de jueces, fiscales, oficiales de policía y servidores públicos. Además, ha tomado medidas especialmente severas contra las comunidades kurdas. Ha declarado a sus detractores como enemigos del Estado.

Hizmet, en particular, ha sido el blanco de la ira del actual mandatario. En 2013, Erdogan culpó a los simpatizantes de Hizmet que trabajan en la burocracia turca de iniciar una investigación de corrupción que implicaba a miembros de su gabinete y otros aliados cercanos. Como resultado, muchos miembros del poder judicial y las fuerzas policiacas sufrieron purgas o arrestos simplemente por hacer su trabajo.

Desde 2014, cuando Erdogan fue electo como presidente después de ser primer ministro durante 11 años, buscó transformar a Turquía para que dejara de ser una democracia parlamentaria y se convirtiera en una “presidencia ejecutiva”, sin mayores controles para su poder. En ese contexto, la reciente declaración de Erdogan acerca de que el fallido golpe de Estado fue un “regalo de Dios” es ominosa.

Mientras busca purgar a más disidentes de las agencias gubernamentales —hasta ahora cerca de 70.000 personas han sido despedidas—, y presionar más a Hizmet y otras organizaciones civiles, también está eliminando muchos de los impedimentos que quedan para detener su poder absoluto. No es sorprendente que el gobierno suspendiera la aplicación de la Convención Europea de Derechos Humanos y declarara un estado de emergencia.

El presidente está chantajeando a Estados Unidos al amenazar con frenar el apoyo del país a la coalición internacional contra el Estado Islámico. Su meta es asegurar mi extradición, a pesar de la ausencia de pruebas creíbles y sin ningún prospecto de un juicio justo. La tentación de darle a Erdogan lo que quiere es comprensible. No obstante, Estados Unidos debe resistirla.

El extremismo violento se alimenta de las frustraciones de quienes están obligados a vivir bajo dictaduras que no pueden desafiarse con protestas pacíficas y políticas democráticas. En Turquía el gobierno de Erdogan, que se ha convertido en una dictadura, está polarizando a la población según líneas sectarias, políticas, religiosas y étnicas, con lo cual ha motivado a los fanáticos.

Por el bien de las iniciativas internacionales para restaurar la paz en tiempos difíciles, así como para salvaguardar el futuro de la democracia en el Medio Oriente, Estados Unidos no debe admitir a un autócrata que está convirtiendo un golpe de Estado fallido en un golpe en cámara lenta que él mismo creó para atacar al gobierno constitucional.

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