La cola del pan. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 17 julio 2016 / PRODAVINCI

Cada vez que Nicolás Maduro pronuncia la palabra “motor”, se produce de inmediato, en todo el espacio radioeléctrico nacional, un vacío.  Es como si, en mitad de un discurso, de pronto apareciera una frase en polaco.  Como si una palabra diera un traspiés y cayera volteada ante nosotros.   Todos asistimos a un raro espectáculo. El Presidente tiene un estornudo semántico. Nadie entiende qué dice. Nadie sabe por qué dice lo que dice.

En un país estancado con una gran parte de su población obligada a vivir detenida en una cola, no luce muy atinado hablar de motores. Porque Nicolás Maduro no habla de uno ni de tres, ni siquiera cinco o de siete, ¡son quince motores, compañeros! ¡Escúchenlos rugiendo! ¿No los ven? ¿No los sienten? Aquí se los traigo, toditos encendidos. Vienen incluidos con unos verbos especiales, muy dinámicos: reactivar, relanzar, reimpulsar… Mientras los venezolanos nos hacemos expertos en esperar, formados durante horas en filas, el gobierno más bien nos invita a que nos pongamos los cinturones de seguridad.  Ante un auditorio de paralíticos, hablan de velocidad y de aceleración.

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En un artículo publicado en el año 2007, Leonardo Padura señalaba que la cola es una de las instituciones más sólidas y consistentes de la revolución.  No hay un cubano –escribía- que no haya tenido alguna vez que llegar hasta un larga ristra de gente preguntando “¿quién es el último?”.  Se trata de un trámite, de un orden circunstancial. En el fondo, a la larga, no importa mucho cuál puesto tengas. En las colas todos somos últimos.  Nuestro destino no depende ni siquiera de nuestra acción. Podemos permanecer horas en el mismo punto, cumpliendo con la tarea de no hacer nada,  y finalmente fracasar. Salir con las manos vacías.  La historia no está en las colas. Ahí no se decide nada.

Uno tras otro, en silencio o hablando, no hay otro chance que mantenerse aguardando. En las colas estamos forzados a renunciar a nuestra iniciativa. No podemos ir a otro lado. No podemos avanzar. No podemos salir. En las colas todos los motores están apagados. Incluso el motor de la dignidad y del orgullo. Nos sometemos a un poder superior e invisible, que decide sobre la abundancia y sobre la escasez, que nos propone la humillación como salida, como épica.

¿Alguien recuerda cuando Diosdado Cabello, en octubre del año pasado, aseguró que “el pueblo no se pone bravo por hacer colas”?  Eso solo lo puede decir alguien que, obviamente, no tiene qué hacer colas. Alguien que no sabe qué significa salir a la calle a cazar 4 rollos de papel de baño. Los poderosos pueden ignorar la realidad porque no es su realidad ¿Dónde hace la cola la primera Combatiente del país? ¿En qué mercado se forma Nelson Merentes cuando necesita llevar aceite de maíz a su casa? ¿Cuál cola recomienda Héctor Rodríguez para conseguir pañales rápidamente?  Ese es el verdadero jet set de la Quinta República.  Aquellos que no necesitan buscar nada. Los que no tienen que perseguir 10 farmacias para encontrar un medicamento contra la hipertensión. Los que salen sonriendo, en cadena nacional, desde el Palacio de Miraflores.  Ellos viven en otra economía.  Ellos están enchufados. Por eso hablan de motores y no de colas. Por eso dicen “ni un paso atrás”.

Mirar las colas, pasar junto a ellas, reconocerlas como elemento protagonista de nuestro paisaje, pronunciarlas, dignificarlas como noticia,  hacerlas reales en el discurso, es un acto de conciencia que el oficialismo prefiere evadir.  De todas, a mi la que más me impacta es la del pan.  Porque no hay en ella ninguna posibilidad de abstracción. No hay oportunidad para otras hipótesis. No hay negocios paralelos, ni intermediarios, ni reventas. Es una línea que no permite especulaciones. Es una hilera tan simple como triste.  Es parte del mismo vacío que se produce cada vez que Nicolás Maduro dice “motor” en vez de decir “pan”.

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