Rigoberto López Pérez. De Max Mojica

Max Mojica, 4 julio 2016 / EDH

Rigoberto nació en León, Nicaragua, el 13 de mayo de 1929 en el seno de una familia humilde. Era hijo de Soledad López y Francisco Pérez. Cursó sus primeros estudios en el Hospicio de San Juan de Dios, donde había sido internado por mediación de su padrino el sacerdote Agustín Hernández. En esta institución estudió el oficio de sastre. Una vez aprendido el oficio, ingresó en la Escuela de Comercio Silviano Matamoros para cursar estudios de Redacción y Taquimecanografía.

Rigoberto, por su vocación democrática se involucró en actividades contra la dictadura de Anastasio (Tacho) Somoza García, afiliándose en el Partido Liberal Independiente (PLI). Su compromiso por la libertad le llevó a plantearse que la única forma diario hoyde acabar con la dictadura de Somoza era la eliminación física del dictador. El 17 de septiembre de 1956 llegó a la capital, Managua, con el plan de asesinar al dictador Anastasio Somoza García ya preparado. Entregó cartas para Manuel Díaz y Sotelo, amigo con el que compartía ideario, y al día siguiente se dirigió a su ciudad natal en ferrocarril.

La tarde del día 21 de septiembre la dedicó a estar con su madre a la que leyó el poema Confesión de un Soldado, después se vistió con una camisa blanca y un pantalón azul, su madre diría después que quería morir con los colores de la bandera nacional en su cuerpo y se dirigió a la Casa del Obrero donde se celebraba una fiesta a la que acudía el presidente Somoza García. Por mediación del hermano de su novia, el periodista Armando Zelaya, se infiltró en la misma y durante el acto aprovechó para dispararle 5 balas (4 de las cuales entraron en el cuerpo de Somoza García), con un revólver Smith and Wesson calibre .38, hiriéndolo en el pecho. En respuesta, López Pérez recibió una lluvia de balas que le quitarían la vida inmediatamente, mientras que Somoza sería conducido a un hospital militar estadounidense en la Zona del Canal de Panamá con la ayuda que envió el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, donde falleció una semana después el 29 de septiembre de 1956.

Luego del magnicidio, la Guardia Nacional arrestó en su casa a la madre y hermanos de Rigoberto López: Salvador y Margarita. El cuerpo de Rigoberto López Pérez, según la versión recogida por el Teniente Agustín Torres Lazo en su libro La saga de los Somoza, fue llevado a Managua y enterrado en un lugar desconocido, cerca del actual Recinto Universitario Rubén Darío RURD (de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua UNAN-Managua), para que su tumba no se convirtiera en santuario para la oposición, a la vez, se abrió una campaña de difamación contra su persona.

La represión por el asesinato de Somoza García se cebó en el círculo familiar cercano de Rigoberto, su madre, su hermana Margarita, su novia Amparo Zelaya y su amiga María Lourdes fueron encarceladas en el complejo carcelario de La Aviación (conocido después como Complejo Ajax Delgado) donde fueron torturadas durante varios días.

Años después, en 1961, se fundó el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y Rigoberto López fue un ejemplo a seguir por sus militantes y partidarios, aunque el FSLN no existía aún en 1956. Tras el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, la figura de Rigoberto adquirió valor y fue ampliamente promocionada.

Rigoberto representa una época en que los ideales se vivían con olor a pólvora, muy parecido a lo que sucedió en El Salvador en la década de los 80. Ahora ningún sector social o político de nuestras sociedades occidentales, aceptaría que los problemas de un país se solucionen con acciones violentas, todos los que tenemos vocación democrática conocemos de sobra que la única forma efectiva para eliminar a un tirano, es enterrarlo en las urnas.

No obstante, cuando me enteré de esta historia, no pude sino preguntarme ¿qué diría Rigoberto -un hombre del pueblo, que gustosamente derramó su sangre para ver una “Nicaragua libre”- cuando ahora un “hijo de la revolución” se ha convertido en amo y señor de la tierra de Rubén Darío, al mejor estilo de los Somoza?

Al ver ahora a la Nicaragua de sus amores dominada con mano de hierro por Daniel Ortega, que se perfila como único candidato presidencial, sin aceptar observadores internacionales simplemente por que no le interesan las elecciones libres, seguramente se sentaría, vestido de azul y blanco, a llorar por que toda la sangre corrida y todo el dolor y sacrificio por llevar a cabo una revolución democrática, resulto ser en vano. Y es que aparentemente las revoluciones se canibalizan a sí mismas y paren a los mismos tiranos que tan vehemente ansiaban derrocar, ¿o no, Rigoberto?

@MaxMojica

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