“Nini”. De Christian Villalta

Es el nuevo nombre para la vieja tara de la marginalidad.

Christian VillaltaChristian Villalta, 27 junio 2016 / LPG

Como le suele pasar a la discusión de la cosa pública en El Salvador, cuando el debate comienza a valer la pena llegan los políticos y lo bajerean. No importa si se trata de reordenamiento territorial, medio ambiente, de la Ley de Amnistía o de los límites del Estado y del mercado, la pezuña de los cavernícolas se posará irremediablemente sobre la mesa. Y por extensión, por sufrir de una sociedad poco educada, poco amiga del análisis y feliz consumidora de la virguería y del lugar común, la agenda nacional se trivializa en tiempo récord, una y otra vez.

Así se explica que en el país más violento de América, en lugar de esforzarnos por analizar las causas de la marginalidad de la que decenas de miles de jóvenes son víctimas, nos entreguemos a discutir si los “ninis” merecen que el Estado les subsidie o no el pasaje del autobús…

la prensa graficaEs cierto, el Gobierno se equivoca en la comunicación, y en lugar de divulgar un informe del Banco Mundial sobre la materia lanza una idea con escandaloso tufo populista, pero un tema de esta trascendencia para el futuro nacional merece ser el centro de la agenda política, y no nacer muerto solo por la torpeza de sus voceros.

El informe del Grupo Banco Mundial no deja lugar al equívoco, y su sola lectura basta para desatender las consideraciones que muchos de nuestros “pensadores liberales” han hecho en los últimos días sobre la inversión en recurso humano. Según ese informe, el tema de los “ninis” –entiéndase la alta tasa poblacional de personas en edad casi productiva que no estudian ni trabajan– es dramático porque tiende a perpetuar la transmisión de la disparidad de una generación a la siguiente, obstruyendo la movilidad social e impidiendo de tajo la reducción de la pobreza en América Latina. Claro, esa realidad late en cada país con sus propios matices, y en el caso de El Salvador, lleva adjunto un fuerte sesgo por el fenómeno de las pandillas y la confusión generalizada sobre qué grado de reclutamiento tienen estas en los suburbios.

Que un joven salvadoreño sea considerado “nini” no se reduce a decir que “ni estudia ni trabaja”; supone admitir que, a menos de que su entorno cambie de modo excepcional, ese joven nunca estudiará, que aunque trabaje nunca cotizará porque no se empleará formalmente, y que sus hijos tendrán reducidas posibilidades de romper ese círculo de pobreza. De lo que hablamos es de marginalidad, de exclusión, de inmovilidad social, todas ellas caldos de cultivo de la violencia.

En una de esas abstracciones a las que estamos tan acostumbrados, a los salvadoreños nos ha dado por creer que lo peor que le puede pasar a uno de nuestros jóvenes, de nuestros niños, es ser reclutado por la pandilla. Es una noción fácil de amasar porque si bien “ser ‘nini’” no es sinónimo de vagancia ni de ilegalidad, supone ser un joven de renta baja residente en la ciudad, sin oportunidades de empleo y sin ingreso a la universidad. Ergo, candidato a la pandilla.

Pero a muchos de nuestros jóvenes ya les ocurrió lo peor. Nadie invirtió en su educación, nadie le brindó una oportunidad laboral a sus padres o a sus madres (ellos, que tampoco alcanzaron la escolaridad necesaria), y nadie se empeñó en convencerlos de que su vida solo se trataría de sobrevivir, clandestino o no.

Así viven miles de nuestros paisanos, y así vivirán sus hijos a menos que el Estado los ponga en el centro de su preocupación y cuidado, y lo haga ya. Y sin disparar otro tiro.

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