Kimmy Schmidt y la política. De Ricardo Avelar

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ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 22 junio 2016 / EDH

De la vida de Kimberly Schmidt tenemos mucho que aprender. Sus vivencias no son las de una sobreviviente de alguna masacre o de una tenaz luchadora por las libertades civiles en tiempos apremiantes, pero alguna lección podrá darnos.

Ella es la protagonista de una comedia producida por el gigante y adictivo Netflix, titulada “The Unbreakable Kimmy Schmidt” (La inquebrantable K. S.). Esta narra la historia de una adolescente que fue raptada por un extraño culto en los noventas y liberada quince años después. Con ánimo, pero poco conocimiento de la vida contemporánea, la serie gira en torno a su torpe adaptación a la realidad.

A lo largo de la trama, su fiel amigo Titus le ayuda dándole una serie de consejos para acostumbrarse a la actualidad y no quedarse rezagada en un mundo cuyo funcionamiento desconoce.

diario hoyMe atrevo a pensar que algo de Kimmy tienen nuestros partidos políticos. No sé cuándo, dónde y ciertamente no sé cómo fueron secuestrados, pues aunque siempre han estado ahí, parece que día a día despertasen como quien pasó en un búnker alejado de la realidad. Como soy amable, aquí les presento, al estilo de Titus, una serie de actitudes que ya no son tan aceptables y mis consejos para se adapten al mundo actual.

Uno: Ya no se vale ser tan abusivo. Desde que los secuestraron hasta el día de hoy pasaron muchas cosas. Escuchamos las frágiles mentiras de Bill Clinton, vimos con detenimiento los “Vladivideos” que hicieron caer a Fujimori en Perú y presenciamos los últimos momentos de la pareja presidencial en Guatemala, que por indicios de exagerada corrupción ahora guarda prisión.

Aquel mundo donde vivían ustedes previo al secuestro ya no es el mismo. Ahora hay exigencias ciudadanas de transparencia y probidad. No se vale culpar al contrario, hemos notado que son muy parecidos. No pueden negar el mal manejo de fondos públicos, este se evidencia en la calidad de servicios públicos y la miseria en la que vive mucha gente porque el dinero se perdió en algún bolsillo. No somos tan ingenuos y sus picardías son hechos notorios.

Dos: La ideología (y los iconos) no son un fin. Sé que están acostumbrados a una realidad donde la bandera partidaria, el dirigente y el jingle son fines en sí mismos, donde uno se desvive por su bando. Esto, afortunadamente, cambió. El objetivo de la acción política es resolver necesidades básicas para dotar de independencia y empoderamiento a la ciudadanía, no encontrar excusas para justificarse y validarse todo el tiempo. No son tan indispensables. Si no funcionan, se cambian y ya.

Tres: Nos aburre el tribalismo. Sobre este punto, ya nos cansó aquella visión de “ustedes y nosotros”, donde el que no está con ustedes es su enemigo. No somos tan básicos y sí, valoramos la autocrítica. De hecho, vemos ridículo que se alarmen si uno de sus compañeros rompe el silencio y dice “no estoy de acuerdo”.

Cuatro: Nos gusta la libertad. Antes, aunque lo dudo, quizá era “cool” decirle a la gente qué hacer con su vida, sus recursos y su cuerpo. En la actualidad repudiamos sus interferencias sobre qué consumimos, a quién se lo compramos o con quién compartimos nuestro tiempo. Queremos que sepan que somos dueños de nuestra vida, el fruto de nuestro trabajo y nuestras aspiraciones y si no dañamos a nadie, no tienen por qué meterse. Ya no aceptamos que se planeen desde escritorios nuestras realidades.

Sí, entendemos que hay interferencia válida sobre nuestras acciones para evitar que estas afecten a terceros, pero de aquellas circunstancias que atañen a nuestra individualidad o que suponen tratos voluntarios y libres, los queremos alejados.

De momento, me parece que pueden repasar esos puntos que, con suerte, los acercarán un poco a la realidad. Y como en la serie de Kimmy Schmidt, si cumplen con estas actitudes, el país está listo para ver una transición fascinante.

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