La obra conjunta de Iglesias y Rajoy. Editorial de El País

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias EFE

Con su plan de destruir el centro, ambos nos condenan a la ingobernabilidad.

Editorial, 19 junio 2016 / EL PAIS

el paisA una semana de las elecciones generales, algunos tratan de hacernos creer que los ciudadanos que se acerquen a las urnas solo tienen ante sí una única y dramática decisión: apoyar a un bloque de derechas dirigido por el PP o, por el contrario, sumarse a un bloque de izquierdas encabezado por Podemos.

Esa dicotomía es falsa e interesada. Primero, porque, como muestran todas las encuestas, una mayoría considerable de españoles se sitúa en posiciones ideológicas cercanas al centro. Segundo, porque, como muestra el sondeo de Metroscopia publicado hoy por EL PAÍS, aunque la mayoría de votantes del PP preferirían gobernar con Ciudadanos, y los de Podemos con el PSOE, los socialistas y los de Ciudadanos se decantan con toda claridad por coaliciones transversales que incluyan a sus partidos, antes que por fórmulas en las que no estén ellos dos.

La lógica de bloques la promueven aquellos que quieren hacer creer que solo se puede gobernar España desde un extremo ideológico en confrontación con el otro extremo. Pero esta lógica no solo es falaz sino destructiva para nuestro país. Basta con examinar las propuestas programáticas de los cuatro partidos en liza —cosa que, por desgracia, una campaña electoral basada en las emociones y el trazo grueso no parece estar permitiendo—, para comprobar que la confluencia programática entre PP y Ciudadanos, por un lado, y PSOE y Unidos Podemos, por otra, es mucho menor que la existente, por ejemplo, entre socialistas y Ciudadanos.

El nuevo tablero político, multipartidista, hace bastante inútil reivindicar la victoria en votos como única fuente de poder. Eso se aplica especialmente a Mariano Rajoy: el mal balance de legislatura, su deteriorada imagen a costa de los innumerables casos de corrupción sufridos en sus filas y su reticencia tras el 20-D a abrir negociaciones conducentes a una investidura le invalidan para liderar una coalición, necesariamente transversal, que promueva los cambios y reformas necesarios para España. Además, si como indican las encuestas, sus resultados fueran peores que los del 20-D, resultará muy difícil que continúe como líder de su partido, ya que, como ha señalado Albert Rivera, eso cerraría al PP toda posibilidad de permanecer en el Gobierno.

Al otro lado del tablero político, Pablo Iglesias es, pese a postularse como la única alternativa a Mariano Rajoy, el dirigente con menos posibilidades de ser presidente del Gobierno. Es imposible imaginar que los socialistas —después de haber visto malograda la investidura de Pedro Sánchez por la resistencia de Podemos siquiera a abstenerse— se dispongan ahora a convertir a Pablo Iglesias en jefe de un Ejecutivo en el que el PSOE juegue el papel de comparsa. Mantenemos la posición defendida en su día desde este espacio editorial de que el PSOE no puede gobernar con Podemos porque esta es una fuerza esencialmente populista y de variable orientación ideológica que no ha demostrado fiabilidad ni actitudes como para gobernar para todos los españoles. Esa posición es mucho más rotunda si el PSOE es tercera fuerza por el deseo de los votantes de ver a los socialistas en la oposición.

Además, el camino hacia La Moncloa de Podemos se ve lastrado por el hecho de que suscita casi tanta reticencia como el PP en el conjunto de la sociedad: el 57% nunca votaría a los populares, y el 43% tampoco lo haría nunca por Podemos, mientras solo un 14% manifiesta absoluto rechazo hacia el PSOE o Ciudadanos.

La centralidad viene también obligada por el deterioro de las dos fuerzas dominantes en el anterior sistema bipartidista, PP y PSOE, que parecen reunir ahora una menor intención de voto, y posiblemente, menos escaños, que en diciembre.

Hay que pedir a los electores que decidan su voto siendo conscientes del difícil marco español y europeo en que les toca decidir. Y a los partidos, que abandonen el terreno de la banalización y del simplismo. No se puede confundir al electorado gritándole que no hay más opción que Rajoy o Iglesias. Todavía existen muchos votantes indecisos y hay campaña por delante.

Desde la transversalidad se pueden encontrar soluciones de gobierno que traigan a la vez cambio y estabilidad, y reformas sin rupturas, además de soluciones para cuestiones enquistadas, como la de Cataluña. Por el contrario, desde la polarización, el frentismo y la dinámica de bloques solo se puede garantizar una continua crispación que conduce a que los problemas se perpetúen.

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