Idiotas. De Christian Villalta

La pregunta no es de dónde ha salido tanto incapaz, sino por qué dejamos que nos representen.

Christian Villalta

Christian Villalta, 12 junio 2016 / LPG

Idiotas siempre hubo. En todos lados, desde la Torre de Babel hasta nuestros días.

No se entienda por idiota al sinónimo de meme, tonto o imbécil, acepción del término que preferida por madrecitas y maestras para llamarnos a recato, se popularizó generación tras generación.

Por idiota, me refiero a aquella actitud ante los temas de la polis que asumía la mayoría de los ciudadanos, preocupados solo en lo suyo, en las pequeñeces de su vida privada, incapaz de ofrecer algo al colectivo, que los griegos denominaban ‘idiotes’. Idiotez, a secas.

la prensa graficaAl idiota, poco y nada le interesaba la discusión de los temas de la ciudad. Quizá a algunos no les apetecía, embebidos en lo suyo, egoístas desde lo más profundo de su ADN; pero sospecho que a la mayoría de esos atenienses a los que Aristóteles llamaba así, la política no les apetecía porque no la entendían. Idiotas por ignorancia, pues.

En Atenas vivían unas 40 mil personas; acaso el 10 % de esas gentes participaba en las asambleas populares en las que la democracia se practicaba de modo directo, a veces hasta por mera aclamación. Y si ya entonces se consideraba censurable el poco interés de los ciudadanos en aquellos ejercicios, qué podemos decir de las democracias representativas de este Occidente posmoderno.

La democracia representativa es, en esa línea, el Edén para los idiotas. Delegan su voluntad y soberanía en unas personas a las que solo conocen a través de jingles y cándidos spots, o de sus encendidos tuits (eso coleccionan ahora los biógrafos de nuestros “estadistas”: tuits…), y durante cinco años reducen el ejercicio de su ciudadanía a quejarse de ellas en el Facebook. Para hacerlo, no es necesario mover ni mancharse un dedo, porque lo mismo da el voto que la abstención a esos efectos.

Teóricamente, en nuestro sistema político todos somos un poco idiotas. Algunos entenderán la cosa pública mejor que otros pero al final, hemos renunciado a participar porque estamos profundamente desencantados. No consideramos posible conmover al Estado para que sea más útil, menos invasivo, más moderno. Ese desencanto lleva tantos años cociéndose en el alma de nuestra sociedad que ahora nos conformamos con cualquier versión atrofiada de ese Estado. La última de ellas, patéticamente reivindicada por unos y otros es la de un Estado policial abusivo y matón, que promete gobernabilidad a cambio de silencio. El miedo convertido en ideología, la tiranía de la ideología sobre el pensamiento.

Mientras, si aún hay algún resabio de esperanza en nuestros corazones y se nos ocurre preguntar por la política, nos hacen creer que para participar hay, o que suscribirse a un partido político, o que ser millonario para lanzarse como independiente. En resumidas cuentas, en cada comedor de la clase media se mastica como más práctico expresar las preferencias hacia uno u otro lado del espectro partidario a través del pudoroso ejercicio del voto. Eso pese a que sabemos que el voto no decide cuestión alguna; si acaso, solo define quiénes deciden. Si acaso. Si el que decide es un meme, tonto o imbécil, así nos irá.

Disculpen tanta vuelta. Pero era o eso o decir, a secas, en 38 palabras, que los idiotas no son el que se gasta los impuestos en guaro, la que trivializa un crimen ambiental con una ocurrencia o quien le achaca la tregua a los gatos del ministro, sino nosotros, el soberano, por soportarlo.

 

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