Conversaciones necesarias. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 13 junio 2016 / EDH

La carta que una víctima de violación leyó durante la última audiencia del juicio en el que se sentenció a su violador a una ridícula condena de apenas 6 meses en prisión le ha dado la vuelta al internet. ¿Las razones? El crimen tuvo testigos, el violador fue encontrado culpable por tres cargos diferentes, había evidencia médica y fotográfica de los hechos, y con todo, al tipo se le dio una condena endeble, porque el juez consideró que dejarlo más tiempo en prisión “podría afectarle de por vida”.

La carta de la víctima responde específicamente a lo anterior, y explica cómo este tipo de crímenes afectan a la víctima de por vida de maneras desproporcionadamente diferentes. Explica cómo, durante todo el proceso judicial, la defensa del violador se esmeró en destruir su carácter, ante el juez y ante los medios, como intentando probar que de alguna manera “se diario hoylo merecía” o se lo había buscado. Muchos medios de comunicación cayeron en su trampa, de reportar la noticia desde el punto de vista del “pobre” violador, cuyos sueños de ir a las Olimpiadas por natación sin duda se verían truncados “por 20 minutos de acción”, citando textualmente las palabras de su papá, que intentó excusarlo. Nunca, ni una vez, pidió perdón a su víctima el violador. Se arrepintió de haber parrandeado esa noche, de haberse emborrachado, de haber conocido a la víctima en la fiesta a la que ambos fueron. Pero no de violarla. Culpó a la cultura de parranda y a la cultura de promiscuidad, dejando de lado, como bien mencionó la víctima, que solo él, de toda la fiesta, terminó violando a alguien.

Ya, que el alcohol influye las decisiones libres y debilita la voluntad no es novedad para nadie. Pero intentar eximir una violación por excesos de alcohol no solamente es una cobardía, sino una falta a la lógica. Las violaciones se definen por la ausencia de consentimiento, no por la ausencia de sobriedad. Cuando por el alcohol se daña a terceros, como es el caso de los accidentes de tránsito, la bebida suele ser un agravante. Solo en las violaciones intentan los acusados usarla como eximente, como si eso borrara el daño causado.

La carta la van a leer todas las congresistas en el Capitolio estadounidense, para solidarizarse con la víctima y con otros como ella. La leyó el vicepresidente, y le contestó a la víctima con su propia carta. La leyó al aire — sin interrupciones y por 20 minutos difíciles de ver — una presentadora en CNN. Explicó que lo hacía porque si bien, a esas alturas todo el mundo estaba enterado, el fin no era hacer noticia sino propiciar que se empezaran conversaciones necesarias. En facultades universitarias. En organizaciones de derechos humanos. En asociaciones de abogados y jueces, para analizar las razones por las que a este violador se lo trató con el tacto que le faltó a este para tratar a su víctima.

Y ojalá, lo más importante, es que se aproveche la coyuntura para que haya discusiones entre padres de familia (o guardianes o tutores), con sus hijos e hijas (o tutelados). Para empezar a borrar la imagen que existe de que los violadores son depredadores desconocidos amparados en la oscuridad de los callejones. Empezar a entender que vienen en todas las tallas, de todos los rincones y todos los niveles educativos. Que algunos son simpáticos, se presentan como amigos y de seguro se consideran buenos ciudadanos. Y que por desgracia, también las víctimas vienen en todas las tallas. Que es irrelevante lo que tenían puesto. Que lo más importante es que se entienda que no significa no. Y que la incapacidad de la víctima para poder dar consentimiento sigue significando no.

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