Principios y hartazgo. De Federico Hernández Aguilar

federicoFederico Hernández Aguilar, 1 junio 2016 / EDH

Juan Valiente ofreció a sus electores, si le permitían llegar a la Asamblea Legislativa, convertirse en “un político menos”. Personalmente tuve reparos para declararme a favor del slogan porque lo que necesitamos, en el mejor sentido del término, es mucha más política y no menos; sin embargo, entendí perfectamente lo que Juan quería decir: él no iba a sumarse a los malos políticos de siempre, a los “tradicionales”, sino que se ocuparía de encarnar las inquietudes ciudadanas y les daría una voz, allí en ese órgano del Estado cuya sordera a las demandas reales de la población a veces parece crónica e incurable.

Hoy, Juan Valiente está cumpliendo el compromiso que adquirió con sus votantes. Y lo está haciendo a despecho de quienes, por consiguiente, se están exhibiendo a sí mismos como los políticos de siempre, los “tradicionales”, esos que los salvadoreños ya no queremos ver en la Asamblea Legislativa abusando de nuestra paciencia.

diario hoyJuan está haciendo, por ese dinero que los contribuyentes ponemos en manos de los diputados, lo que otro valiente, Mario, estaba haciendo en el caso de la presa El Chaparral: exigir transparencia. Nada más. Nada menos. Y ningún partido, ninguno de los colegas de Juan, debería sentirse agredido por esta petición, tan justa como los reclamos de Moisés al pueblo hebreo cuando le vio adorando becerros de oro. Los ciudadanos merecemos que alguien se alce en la Asamblea para señalar a quienes llevan años extralimitándose en sus funciones, ignorando por completo aquel diáfano precepto de la ley divina: “No robarás”.

Robar no es solo apropiarse del dinero ajeno o tomar bienes que no nos pertenecen. También se roba cuando se contrata como “asesor” legislativo a alguien que está lejos de cumplir con los requisitos mínimos exigibles para el puesto. En este caso, el supuesto “asesor” está usurpando el lugar que le pertenece, en justicia, a alguien más preparado que él para ayudar a uno o varios diputados en el desempeño de sus delicadas funciones.

Estas “asesorías” nos esquilman a los ciudadanos por partida doble, pues pagamos el salario de alguien que no lo devenga —o sea, desembolsamos por un servicio que no recibimos— y además patrocinamos involuntariamente el clientelismo político de los diputados involucrados. Nuestro dinero, en consecuencia, sirve tanto para alimentar a los corruptos como para sostener el ciclo de la corrupción, porque los recursos se utilizan para que la plataforma de compra de voluntades sobre la que se sostienen los malos legisladores se alimente y se perpetúe.

La demanda de transparencia de Juan Valiente ha venido a romper con ese círculo infinito de adulteración del presupuesto de la nación. Es lógico, por tanto, que se enfrente a muchas caras largas en la Asamblea y que algunos incluso quieran hacer mofa de su gesta. Nada de eso debería importarle. Quienes votaron por “un político menos” le autorizaron para hablar por ellos ante los 83 diputados restantes. Y son bastante más esos electores que los políticos resistentes al control ciudadano. Juan no tiene de qué preocuparse si se mantiene en esa línea, es decir, cumpliendo puntualmente lo que prometió. Son sus votantes satisfechos los que le agradecerán, en 2018, lo que hoy hace por ellos y su dinero.

Como he dicho en otras columnas, nuestros partidos políticos están cometiendo el grave error de empeñarse en lanzarle discursos a una sociedad que ya no existe. Los electores de hoy no somos lo que fueron nuestros padres y abuelos. Las decisiones que nosotros tomamos, desde el inédito abanico de información disponible, tienen dos vertientes complementarias: valores claros y rechazos manifiestos. Apoyamos a los actores políticos que encarnan nuestras convicciones con la misma fuerza con que impugnamos a quienes ofenden nuestra conciencia. En suma: principios y hartazgo. Quizá como ninguna generación anterior a la nuestra, hoy tenemos bastante claro qué queremos y qué detestamos. Juan Valiente lo ha entendido muy bien. Pero, ¿habrá otros?

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