Economía: más de lo mismo. De Salvador Samayoa

salvador_samayoaSalvador Samayoa, 31 mayo 2016 / EDH-Observadores

Según la encuesta de “Predictvia” para EDH, un alto porcentaje de los que responden, cercano a 50%, dice que la situación económica de su familia y de otras familias que conoce ha desmejorado en los dos últimos años. Para un 30% la situación sigue igual. Solo un 18% dice que ha mejorado. La publicación no indica si este 18% representa a una gran cantidad de los que ya estaban muy bien o a una ínfima cantidad de los que estaban muy mal.

Estas son mediciones subjetivas. Son opiniones. Recogen, mal o bien, lo que dice la gente. En el plano de los indicadores técnicos, hay datos buenos y datos malos. Unos atribuibles al desempeño del gobierno; otros no. La economía creció 2.4% en 2015, crecimiento modesto pero bueno. Peor es nada, como dicen. Las importaciones de bienes de capital crecieron 12.4% en observadorel mismo período y siguieron creciendo en el primer trimestre de 2016. Dato bueno, relacionado directamente con la inversión. Las remesas crecieron 3.3% y sostuvieron al 20% de los hogares de nuestro país. Gracias a Dios y a que todavía no llega Trump. En la factura petrolera ahorramos casi $400 millones por la caída de los precios internacionales. Gracias a Obama, a Irán y a la OPEP, aunque la estrategia de Arabia Saudita está funcionando y los precios ya comenzaron a rebotar también.

Se puede exponer cualquier cantidad de datos para argumentar mejoría, estancamiento o deterioro de la situación, pero hay dos que llaman mucho la atención, porque permiten comparar lo comparable y porque exigen a todos los actores nacionales -no solo al gobierno- un desempeño mejor. Primer dato: entre 2008 y 2015 El Salvador tuvo un crecimiento acumulado de 8-10% del PIB, contra 20-30% de los restantes países de la región. Segundo dato: En el último año, El Salvador siguió en el último lugar en atracción de inversión extranjera directa entre los hermanos y los no tan hermanos centroamericanos.

Ese es, precisamente, el punto: la economía no despega. Seguimos hundidos en un hoyo, con pequeños desarrollos por aquí o por allá, pero muy lejos de vislumbrar siquiera la ruta de un crecimiento de verdad. En su discurso de toma de posesión, el presidente reiteró la necesidad de crecimiento económico para sacar adelante al país. En ese momento pareció que era consciente de las implicaciones de tal aspiración, que lo obligaban a recuperar la confianza de los inversionistas y a asegurar la eficacia de su propia gestión.

Pronto, sin embargo, el gobierno tomó un sendero sembrado de minas. Pateó primero la mina de los impuestos y pateó después la claymore previsional. Los estallidos causaron daños de considerable gravedad, no porque fuera improcedente revisar la estructura tributaria o porque fuera innecesaria una reforma del sistema de pensiones, sino por los tiempos y los enfoques de la iniciativa gubernamental. De esa manera, redujo el debate nacional a envenenadas y estériles discusiones de préstamos, pensiones e impuestos, en vez de dedicarlo a esbozar, concertar y concretar los vectores y los motores del desarrollo nacional.

La situación parece complicada, pero en realidad es bien simple. Si lleváramos diez o quince años creciendo al 4% -5%, en vez de 1%-2%; si en vez de 24% tuviéramos 50% o 60% de empleo formal, y si además fuera un empleo de calidad y de alta productividad, no existirían o no serían agobiantes ni irresolubles los problemas de finanzas públicas que ahora agotan por completo la energía nacional. El problema no está en los $500 millones de las pensiones. El problema es que no crecemos.

A nuestra economía le falta ante todo una idea-fuerza, un modelo, una filosofía del desarrollo, un verdadero pensamiento social, una apuesta grande y viable que nos permita despegar. Llevamos 25 años y seguiremos otros 25 más empecinados en un proceso de suma cero, atacando y obstruyendo el FMLN y las fuerzas sociales de izquierda todo lo que perciben como neoliberalismo; atacando y obstruyendo ARENA y las fuerzas sociales de derecha todo lo que perciben como socialismo.

Creo que el presidente tenía la intuición de un paradigma para evitar que su gobierno cayera en la trampa de esa confrontación. Hasta ahora no lo desarrolló, en buena medida porque su propio partido no lo acompañó. Terminan así dos años de gobierno sin cambio de dirección. Y así terminará el quinquenio si no hay cambio de timón. Y serán ya diez años de FMLN y 20 años de ARENA sin proyecto de nación.

El Salvador no puede transitar los senderos del capitalismo sin regulaciones, el de los profesores de Chicago, el de Thatcher, el de Reagan, el engendro neoliberal. No estamos cerca tampoco de su versión más social, la de los Clinton y los Obama, la del Estado de bienestar. Tampoco pensamos en el capitalismo de Estado, el de los grandes desarrollos de los últimos 20 años en Moscú, Beijing o Kuala Lumpur, el de las corporaciones respaldadas por el Estado, pero con diseño y desempeño de empresa privada multinacional.

Más cerca podríamos estar de la social-democracia europea, que por cuatro décadas completas llevó a niveles sin precedentes el desarrollo económico, los servicios públicos y la calidad de la vida de los trabajadores en casi todos los países de Europa occidental.

También podríamos ver hacia India, país con enorme sector privado y con inmenso peso del Estado, que supo mantener y desarrollar la agricultura mientras diversificaba y modernizaba su aparato productivo, volcándolo hacia la ingeniería de software, la nanotecnología, la biotecnología y otros servicios tecnológicos de alta productividad.

En algo podríamos emular al Chile de Aylwin, de Frei, de Lagos y de la primera Bachelet, egregios líderes que dejaron atrás el autoritarismo, se empeñaron en la concertación y dieron a su país dos décadas completas de estabilidad, crecimiento y unidad.

Pero no estamos en nada. Seguimos atrapados en ideologías desfasadas. No tenemos norte ni modelo ni plan de nación. Ese es el verdadero problema, más que la calidad de la gestión.

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