La novela del políticool. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 30 mayo 2016 / EDH

Por todo lo que hablamos de las ventajas y maravillas del internet, tendemos a olvidar las enormes desventajas que la era de la información trae consigo. Una especialmente distópica es la habilidad que otorga a quienes están en el poder, dándoles la posibilidad de reescribir realidades para llenar sus propios fines políticos. Presentan argumentos como disyuntivas y en términos de blancos y negros: o se es una cosa o se es la otra. Así, cuestionar motivos o pedir transparencia, lo vuelve a uno blanco de ataques personalizadísimos que rayan desde estar en contra del bien común, las buenas obras y los chuchitos de la calle, hasta tacharlo de evadir impuestos.

El último episodio que ilustra este turbio poder del internet lo protagoniza (como tantos otros drama-shows en formato de nota en redes sociales) el Alcalde de San Salvador. Sus ataques de bilis en contra de los medios recuerdan un poco a los de diario hoyDonald Trump, porque siguen la misma estrategia: vilificar al medio, para que cualquier información que pinte al alcalde en una luz menos favorecedora a la que está acostumbrado con sus “medios” fantasmas de retweet lisonjero, pueda desacreditarse de inmediato con cortinas de humo.

Continuar atacando a los medios de prensa impresa con la cantaleta de que no pagan impuestos — cuando en la reforma fiscal de 2014 se reformó la ley de imprenta para quitar la arcaica exoneración de impuestos a los periódicos — no demuestra ignorancia de la ley. Demuestra una calculadísima propaganda goebbeliana de auténtico photo-shop de la verdad, y eso es lo que da verdaderamente miedo. De su peso cae que evadir impuestos es delito. Los delitos hay que probarlos y a las autoridades competentes les compete perseguirlos y procesarlos. Pero esto que él pinta de búsqueda de justicia es en verdad la desacreditación sistemática de quien se atreva a cuestionar o criticar la cuidadosamente construida imagen del alcalde. El argumento es flojo porque no hay disyuntiva alguna: se puede exigir transparencia y rendición de cuentas a quienes están en el poder sin que esto implique la defensa de los intereses particulares de quienes tienen medios de comunicación.

La última diatriba vino en forma de carta abierta en Facebook, dirigida “al señor Dutriz”, y aparentaba ser una defensa indignada del honor de una mujer (propia de las épocas de antaño en las que los cónyuges debían defender el honor de las damas, no otorgándoseles a aquellas suficiente agencia para hacerlo por sí mismas). ¿La ofensa? Suponemos fue la cortísima nota (no exactamente periodismo de exposé) de La Prensa Gráfica exponiendo que en la Alcaldía hay cinco parientes del alcalde. La carta del Alcalde está escrita en términos blanco y negro, como si cualquier señalamiento a rendir cuentas y pedir transparencia sea necesariamente una desaprobación de su carácter, el amor que le tiene a su señora, el trabajo de esta o señal de que el dueño del periódico le tiene poco aprecio a su propia esposa (¿?).

En realidad es sumamente saludable exigir transparencia en lo que al rol que las esposas de figuras de elección popular tienen en la política pública. En El Salvador y en cualquier otra república democrática. Porque sus cargos no existen fuera del ámbito protocolar y constitucionalmente (o municipalmente en este caso) no tienen atribuciones formales, la academia jurisprudencial las considera ciudadanas particulares frente a la administración pública. Poco importa si devengan salario o no si sus decisiones, en forma de sus poderes informales, tienen efectos político-públicos. Si no los tienen, la carga de la prueba de que sus decisiones no impactarán a la población la tiene el funcionario. Por lo menos le debe a su electorado la explicación de cómo evitará el innegable conflicto de interés: ¿quién podría despedir, en caso de mal manejo o decisiones erróneas, a quien hace que “brillen sus ojos”?

No se engañe, la carta no era una defensa del honor de la primera dama municipal (que aún no queda claro cómo se vio mancillado por el reportaje periodístico). La carta era un episodio más en la construcción de Photoshop de la imagen del políticool con sed de cámara y tarima que vive de lo que digan los números de la encuesta. En esta edición se introducía el interés romántico, necesario para que el público clamoroso y sediento de entretenimiento, continúe disfrutando de la novela que es tan útil para distraer del hecho que detrás de la gorra para atrás y los chuchitos rescatados, en San Salvador y el país seguimos casi como estábamos — con ganas de emigrar y poca movilidad económica — solo que con más muertos.

@crislopezg

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