Argumentos absurdos. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 23 mayo 2016 / EDH

En El Salvador existe una fuerte crisis de representación por parte de los partidos políticos. A pesar de no contar con una encuesta válida que legitime la anterior afirmación, basta platicar con cualquier persona en la calle, escuchar las distintas opiniones en programas de televisión, radio y periódicos, para percibir que ésta se va convirtiendo en una crítica generalizada entre la población. Los partidos políticos están desgastando su credibilidad al realizar las mismas acciones que siempre les critican a sus oponentes; al establecer una postura un día y cambiar repentinamente de parecer sin brindar ninguna justificación; al dar argumentos que no convencen a nadie más que a la línea acrítica y dura de sus correligionarios.

diario hoyAndrea Greppi  (docente de filosofía política en la Universidad Carlos III de Madrid, en su publicación “la democracia y su contrario: representación, separación de poderes y opinión pública”) sostiene que el principal enemigo de la democracia ya no son las antiguas formas de tiranía, sino la paulatina erosión de las herramientas institucionales propias del constitucionalismo moderno debido a la mala administración y, en particular, en el declive de los principios de representación política (entre políticos y ciudadanos) y la separación de poderes. La crisis de representación surgida entre la población se manifiesta en la creciente desconfianza en los partidos políticos y en la indiferencia al sufragio activo en épocas electorales, así como en la cada vez más amplia brecha entre ciudadanos e instituciones, y ciudadanos y partidos políticos. Esto se agrava con la escasez de alternativas en el espectro político y con la subestimación de los partidos hacia sus votantes, a los que da la impresión que únicamente escuchan y atienden en periodos de campaña electoral.

Hay argumentos que dejan mucho que pensar y caen en lo contradictorio y hasta absurdo, por ejemplo: la fuerte crítica en favor de la austeridad y meritocracia, frente a la paralela justificación de la gran cantidad de plazas existentes en la Asamblea Legislativa y en otras instituciones, muchas veces bien pagadas, subutilizadas y sin ningún control de eficiencia en sus labores. La justificación de que siempre han existido cuotas partidarias en las instituciones, o que “lo que hacen los otros es peor que lo que yo hago”, no justifica las acciones adoptadas por los partidos. Por otro lado, la falta de diálogo de la reforma al sistema de pensiones que se justifica en el hecho que hace varios años existió una reforma al sistema que fue inconsulta, no dota de legitimidad a la forma en que ahora la ley se pretende establecer.

Lejos de defender con argumentos sólidos una postura de determinada ideología, diversos actores políticos justifican su actuar haciendo énfasis en que los errores que han cometido sus oponentes son más grandes que los propios. Esta postura no es capaz de asimilar que error es error y para no perpetuarlo al infinito es necesario reconocerlo y enmendarlo. Manifestar que “el otro también lo hacía” no es una justificación válida para inmortalizar las injusticias del pasado. Más bien, utilizar este tipo de argumentación refleja un alto grado de mediocridad y poco respeto a la ciudadanía. El hecho que un acto sea réplica de otros que se han venido dando desde épocas atrás no purifica ni otorga un velo de legitimidad a dichas situaciones. Esta justificación vuelve doblemente reprochables las acciones, teniendo en consideración el que muchos cambios de autoridades se realizan, precisamente, para acabar con todo aquello que no ha contribuido en nada a mejorar la situación del país.

Un buen inicio para que las cosas cambien en El Salvador es asumir la responsabilidad correspondiente por los actos propios y no buscar justificaciones que caen en el absurdo. No podemos esperar resultados diferentes si siempre se hacen las mismas cosas; a eso Albert Einstein lo llamó “locura” y yo le agregaría que se trata de un “absurdo”.

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