Mea culpa. De Cristina López

Cristina López, 9 mayo 2016 / EDH

Reconozco que me equivoqué, y mucho. Era junio de 2015 y el acto de circo ambulante mejor conocido como Donald Trump acababa de anunciar su candidatura. Dije y escribí, no una, sino varias veces, que no existía escenario posible en el que alguien tan poco preparado pudiera lograr la candidatura del partido Republicano, cuya base evangélica y conservadora jamás aceptaría a alguien con la opacidad ideológica que ha demostrado Trump. Y no estaba sola en mi error: la prensa política también hizo la misma lectura.

Y porque era risible, desde los medios cubrimos cada una de sus meteduras de pata, documentamos su incompetencia cultural, revisamos la veracidad de sus declaraciones (nula, del mismo nivel que una obra de ficción), hicimos escrutinio burlón de su pasado de reality shows y nos mofamos de su pelo, entretenidísimos. Porque entretenía, lo pusimos en la tele y le regalamos horas de diario hoycobertura por las que otros candidatos pagan millonarias sumas. Cuando no estábamos viendo su cara anaranjada gritando improperios y estereotipando acusatoriamente a nacionalidades y religiones enteras, estábamos discutiendo sobre él, repitiendo una y otra vez cómo jamás ganaría la nominación.

Mientras tanto, sus políticas de división racial atraían como moscas al excremento a sectores de la población sumamente descontentos, buscando culpar a algún chivo expiatorio (a China, a los inmigrantes, al libre comercio, ¡a quien sea!) por el estancamiento económico en el que se encuentran. Por primera vez, el tipo de cosas que solo se oyen en los intestinos de la internet (sugerencias de campos de detención para musulmanes y extremismos de ese calibre) encontraron una potente plataforma que entusiasmadamente volvía promesas de campaña sus teorías de conspiración. El racismo casual que se escucha solo en los programas de radio de la derecha extrema (afiliada sin vergüenza alguna a grupos de nacionalismo blanco) encontró a su campeón. Y precisamente porque este tipo de medios de comunicación no necesita ganar elecciones, no tienen incentivos para moderar su tono. Buscan encender pasiones, pues eso genera más audiencia. Consiguieron mover a Trump y arrastrar con él lo poco rescatable que quedaba del partido, hacia la derecha populista.

Lo anterior lo está pagando caro el partido Republicano, que podría perder el control del senado si su electorado moderado se toma la nominación de Trump como un insulto. Muchos conservadores han amenazado no salir a votar, pues ven entre la elección de Trump y la de Hillary Clinton (la probable nominada del partido Demócrata) el equivalente a la frase célebre con la que Mario Vargas Llosa describió una vez la falta de opciones electorales en el Perú: como una elección entre el sida y el cáncer.

Pero la culpa, al final, no es de la población descontenta de la que se está aprovechando Trump. La culpa es nuestra, desde los medios de comunicación. Por no tomárnoslo en serio desde el principio. Por cubrirlo refiriéndonos a él como “polémico” y describiendo su retórica como “controversial”. A veces, para que el periodismo sirva su propósito social de confrontar al poder y cubrir la verdad, hay que sentar postura. Y con Trump, nos tardamos demasiado en hacerlo. Mea culpa. Esta versión de la vida real de los Hunger Games la escribimos nosotros.

@crislopezg

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