¡Reflexione, Presidente! De Federico Hernández Aguilar

Quien fue capaz de hacer una revolución y ejercer la violencia contra otros, alegando que defendía sus ideas, se muestra más que contradictorio al exhibir hoy su incomodidad, desde el poder, frente a las opiniones ajenas.

federicoFederico Hernández Aguilar, 4 mayo 2016 / EDH

Fuera del gobierno, nadie ha creído oportuno celebrar la ausencia del señor Presidente de la República al más importante foro anual de la empresa privada salvadoreña, el ENADE, cuya versión más reciente puso los reflectores sobre uno de los grandes azotes que viene padeciendo nuestra democracia: la corrupción.

Por tentador que sea, me niego a usar esta columna para especular sobre los motivos reales que llevaron a nuestro mandatario a rechazar la invitación que le hicieran los sectores productivos aglutinados en ANEP. Lo que sí haré es cuestionar las razones con que nuestras autoridades, el mismo día del ENADE, pretendieron justificar la no comparecencia del profesor Sánchez, escudándose en “las reiteradas posturas confrontativas y excluyentes (sic) de algunos dirigentes de ANEP”.

diario hoyAbro primero el diccionario y encuentro que el verbo “confrontar” significa poner frente a frente dos ideas o posturas distintas para llegar a una conclusión. Desempolvo también mis viejos apuntes universitarios de Ciencias Políticas y confirmo que, casi unánimemente, los grandes teóricos han coincidido siempre en señalar que la confrontación de propuestas, nociones, formas de pensar y actuar, es algo esencial para la democracia, pues solo la discusión libre y sincera de las ideas permite a las sociedades encontrar caminos hacia la estabilidad y el desarrollo.

El problema, pues, no es que confrontemos, sino cómo lo hacemos. El dilema no es si discutimos o evitamos discutir, sino la calidad de los argumentos y la honradez con que estamos dispuestos a engalanar nuestras discusiones. Si la mera confrontación fuera el problema, a los ciudadanos nos sería imposible construir democracia, porque el contraste de pensamientos y plataformas políticas es precisamente lo que hacemos cada cierto tiempo cuando presenciamos una campaña política y acudimos a votar en unas elecciones.

Lo más paradójico de la acusación de “confrontativos” que se hace a los líderes visibles de la empresa privada es que la hagan quienes justificaron la violencia —e incluso protagonizaron una guerra— precisamente porque los espacios para confrontar ideas se habían cerrado en nuestro país. En el prólogo del libro de memorias de Salvador Sánchez Cerén, “Con sueños se escribe la vida”, el nicaragüense Miguel de Escoto lo deja bastante claro: “Sigue siendo cierto aquello de que quienes imposibilitan que se logren instaurar pacíficamente los cambios que la justicia exige, hacen inevitable que los pueblos recurran a la fuerza de las armas en defensa de la vida y de su dignidad humana”.

El propio excomandante Leonel González, en otro texto publicado por la editorial Ocean Sur, y justamente titulado “La guerra que no quisimos” (2012), se exhibe muy prolijo en el intento de demostrar que el conflicto civil salvadoreño llegó a ser “inevitable”. Si los espacios para enriquecer la democracia se clausuran y la fuerza se impone —nos aseguraba entonces el ahora presidente—, la agresión, el odio de clases e incluso el asesinato de quien piensa distinto pueden no solo explicarse sino justificarse.

Es evidente que los sectores productivos salvadoreños no comparten estos silogismos. Los gremios asociados en ANEP más bien creen que la violencia nunca se justifica, y que si los espacios para discutir se cierran, insistir en el debate de ideas es la tarea de quienes en serio aspiran a una democracia madura. De ahí que resulte incoherente el señalamiento que les hacen, y sin ruborizarse, aquellos que en su día se fueron a una guerra porque no podían decir lo que pensaban, pero que además califiquen de “golpistas” —otra forma de llamar “sediciosos”— a quienes promueven iniciativas legítimas de reforzamiento democrático o que manifiestan su rechazo a una reforma de pensiones destinada a confiscar los ahorros de miles de trabajadores.

Mi llamado a nuestro mandatario, con todo respeto, es a recapacitar. Quien fue capaz de hacer una revolución y ejercer la violencia contra otros, alegando que defendía sus ideas, se muestra más que contradictorio al exhibir hoy su incomodidad, desde el poder, frente a las opiniones ajenas. ¡Reflexione, Presidente!

 

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