La dañina cultura de irrespeto. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 18 abril 2016 / EDH

“Respetar las señales de tránsito”, “no botar basura en la calle”, “respetar la vida de los animales”, “hacer un uso correcto de los recursos naturales”, entre otros llamados similares, parecen ser acuerdos universales para una convivencia sana entre los que integramos la sociedad. Es más, parecieran ser consecuencias lógicas de la interrelación ente los individuos y su alrededor. Sin embargo, en pleno siglo XXI todavía es necesario que se establezca en las leyes ciertas obligaciones o prohibiciones sobre comportamientos de las personas, las cuales no deberían reglarse en leyes sino que  cumplirse espontáneamente por las personas al derivarse del respeto por la vida de los demás.

La semana antepasada fue aprobada por la Asamblea Legislativa la ley de protección y promoción de bienestar de animales de compañía, en la cual se establecen una serie de situaciones que se constituyen como infracciones contra la vida y bienestar de los animales domésticos; en ella se fijan multas para quienes omitan cumplir la variedad de reglas en favor de estos seres vivos. Ahora se encuentran prohibidas situaciones como el maltrato o sufrimiento innecesario de los animales, mantenerlos en malas condiciones, el abandono o sacrificio de los mismos; resulta increíble que tengan que establecerse leyes o endurecerse penas para que se respeten situaciones básicas de la vida diaria.

diario hoyEl irrespeto a la convivencia no se limita a los seres humanos y su alrededor, cuya valoración puede variar en razón de preferencias o conciencia hacia los animales, áreas verdes, agua, entre otros elementos; la falta de educación y cultura rebalsa a diario en las calles de El Salvador y basta ver la interacción en las personas en el tráfico. El irrespeto de la doble línea amarilla, el paso peatonal, el eje preferencial, la luz amarilla del semáforo, el respeto a los carriles asignados, la desconsideración a los gestores del tráfico y la falta de cortesía, es la constante diaria entre los conductores, generando caos en el ya complicado tráfico producto de la deficiente planificación vial. No debería ser necesario que los legisladores endurezcan penas o establezcan más hechos punibles para que los ciudadanos nos comportemos de forma educada, ética y coherente.

Los ciudadanos exigimos a los funcionarios estatales el estricto cumplimiento de las  reglas legales y éticas fundamentales en su desenvolvimiento diario; lo anterior se constituye como un legítimo control del ejercicio del poder hacia quienes ejercen la representación del pueblo. Como manifiestan los principios de la meritocracia: las personas mejores calificadas (en términos de capacidad y honestidad) deberían ser quienes se encuentren al frente del aparato estatal. Pero no es congruente exigir comportamientos intachables cuando nosotros mismos somos fuente de falta de educación, descortesía e intolerancia.

Esta ciudadanía exigente de los mejores perfiles al frente de las instituciones públicas o como representantes del pueblo, es la misma gente que  en muchas ocasiones no es capaz de cumplir las normas de convivencia más básicas de la sociedad. El respeto a los derechos de los demás, a los derechos de los animales, el cumplimiento de las reglas de tránsito, el cuido de los recursos naturales, entre otras obligaciones fundamentales, debería ser una cuestión inherente a nuestra calidad de seres humanos racionales, pertenecientes a sociedades que buscan mejorar la  calidad de convivencia entre sus integrantes. Pero el hecho de que en El Salvador se siga fomentando y tolerando las relaciones interpersonales bajo “la cultura del  más vivo”, irrespetando las situaciones más básicas de convivencia, no ayuda en nada a mejorar la difícil situación de la sociedad en que vivimos. Los ciudadanos estamos facultados a exigir la mejor labor y comportamiento de nuestros funcionarios, pero también estamos obligados a dar el ejemplo en situaciones básicas de nuestra vida diaria. En las pequeñas cosas podemos empezar a generar cambios en la sociedad; hay que dar el ejemplo siempre, para así ir cultivando el tan anhelado cambio que requiere el país.

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