Centros penales en los tiempos de la tregua. Séptimo Sentido/La Prensa Gráfica

La tregua entre pandillas marcó una baja inédita en los homicidios durante su implementación. Sin embargo un recorrido por los centros penales que las acogen, realizado en el plazo de vigencia de la estrategia, da cuenta de unos cabecillas repletos de influencia dentro de las cárceles y sin un interés real en la reinserción de sus compañeros, reclusos y libres.

Primeros días de la tregua. Algunos de los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha conversan en un oscuro gimnasio, el 26 de marzo de 2012.

Primeros días de la tregua. Algunos de los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha conversan en un oscuro gimnasio, el 26 de marzo de 2012.

la prensa graficaRicardo Flores/Moisés Alvarado; fotos de Borman Mármol y archivo, 20 marzo 2016 / LPG-Séptimo Sentido

El cerrojo truena y la puerta cede. El camino continúa y otra puerta y otra cierran el paso, pero el pandillero tiene la llave para cada una. En cada una, también, hay un custodio, que se limita a observar. El pasillo se hace cada vez más oscuro, como si se estuviera penetrando en la tierra o en un búnker antibombas. El pandillero avanza sin ningún tipo de restricción por los recovecos del centro penal de Ciudad Barrios.

Aquí también existe un encargado de sector, un pandillero que, en la práctica, se encarga de fiscalizar quién entra o sale de un área específica en la cárcel. Lo que debería hacer, en un escenario ideal, un custodio. Hoy es 26 de marzo de 2012. En el centro de la cancha de este presidio, el nuncio apostólico Luigi Pezzuto realiza una misa, una suerte de presentación en sociedad de la tregua entre pandillas.

1El final del recorrido es un galerón que antes fue un gimnasio, donde quizá funcionaron pesas y máquinas para hacer ejercicio, pero ahora solo queda un par de hierros sin utilidad aparente. Aquí están reunidos los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha, quienes quieren explicar su versión del proceso que recién inicia.

Ofrecen café con un pedazo de pan. Uno de los primeros en hablar es Dionisio Umanzor, “el Sirra”. Fue condenado a 30 años de prisión por homicidio y secuestro en 2000 y enviado al penal de Zacatecoluca, el de máxima seguridad. En 2009 tuvo la oportunidad de ingresar al sistema ordinario tras cumplir más de un 10 % de su condena. En esta situación solo se mantuvo durante un par de semanas. Cuando se descubrió que había vuelto a coordinar crímenes en las calles desde la cárcel, regresó a máxima seguridad. Ahora está de regreso en el sistema ordinario.

Los cabecillas de la MS notan la ausencia de cámaras. Ante la duda, se les explica que el fotógrafo está arriba, en la misa a la que han sido invitados todos los medios de comunicación, presidida por Fabio Colindres y por el nuncio Luigi Pezzuto. Los pandilleros preguntan las señas particulares del fotógrafo y lo mandan a traer.

septimo sentidoCuando el fotógrafo llega después de atravesar todas las puertas con el pandillero de las llaves, parece muy nervioso. Está blanco como un papel. Los cabecillas de la MS le dicen que tome aire, que se calme, que no hay razones para su desasosiego. Borromeo Henríquez, “el Diablito”, hace bromas sobre su estado. Le divierte que alguien, sin conocerlo, le tema tanto. El fotógrafo recupera el control cuando le sirven café con pan y comprueba que su vida no corre peligro. Los pandilleros, ahora, ante las cámaras, con el control casi absoluto del penal en el que cumplen sus condenas, se sienten cómodos para explicar sus intenciones de iniciar un proceso de tregua con el Barrio 18, sus enemigos a muerte desde hace décadas.

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Casi un año después de esta escena, en febrero de 2013, un grupo de periodistas de LA PRENSA GRÁFICA realizó una serie de visitas por varios penales del país. El objetivo de estas era comprobar si, en el marco de las promesas de cambio de los miembros de las pandillas, esta transformación ya había llegado a las cárceles, auténticos centros de mando de la estrategia. Observar cómo ocupaban su tiempo los que, en teoría, ya habían renunciado a delinquir.

Los acercamientos también sirvieron para realizar algunas entrevistas con los protagonistas de la tregua, que se completaron con otra visita posterior, en abril. En estas se cuestionó a los cabecillas de las pandillas sobre el cese de las extorsiones y sobre la intención de reconciliación con la pandilla contraria.

Los centros visitados fueron el de Ciudad Barrios, en San Miguel, reservado para los miembros de la Mara Salvatrucha, al que fueron trasladados todos sus cabecillas nacionales; y los de Quezaltepeque, Izalco y Cojutepeque, donde estaban desperdigadas ambas facciones del Barrio 18 y, por tanto, los jefes de las estructuras.

El resultado arrojó consolidados de reos ocupados en torno del 5 %, en lo que colaboraba la indiferencia del Estado, que no colocó una parte del presupuesto dedicado al rubro de la reinserción. Aún en 2016 casi la totalidad de los $44 millones proyectados para gastos corrientes por la Dirección Nacional de Centros Penales corresponde a pagos de personal y servicios básicos. Solo a la alimentación de internos se destinan $23.12 millones.

La tregua entre pandillas, desarrollada de marzo de 2012 a junio de 2013, bajó el índice de asesinatos de 14 diarios que se registraban en 2011 a una cifra menor a los siete por día en los dos años posteriores. Se ganó el apoyo de la Organización de Estados Americanos (OEA), pero también muchos enemigos en el interior del país, sobre todo por la opacidad de quien desde el Gobierno defendió y propició su puesta en marcha, el entonces ministro de Justicia y Seguridad, David Munguía Payés.

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Una decena de parejas hace el trámite para unir sus vidas en medio de la cancha. Las novias han optado por la variedad en el vestuario. Algunas se han ataviado de manera discreta, con ropa de diario. Otras no se resistieron a usar el clásico blanco de una ocasión como esta. Los novios han dejado la comodidad de las bermudas y camisetas flojas de todos los días para lucir camisas y pantalones de vestir. Es 2013. Este 6 de febrero el penal de Ciudad Barrios es una especie de salón, de terraza, un lugar para contraer nupcias.

La notaria encargada de hacer el enlace es la esposa de uno de los cabecillas de la Mara Salvatrucha, Dionisio Umanzor, “el Sirra”. Por la naturaleza del evento, a las parejas se les ha reservado un espacio en el que disfrutarán de una comida diferente a la de todos los días, que otros internos se encargan de servir en una forma de catering.

La tregua entre pandillas está a punto de cumplir un año. Está en su mejor momento. Y se ha dicho hasta el cansancio que el objetivo de los pandilleros es cambiar de vida. Por eso hay que ver qué hace el Estado para abrir oportunidades a los reclusos para que se capaciten y hacer posible su reinserción en la sociedad. De acá que este penal –que fue construido para 800 personas y que alberga a más de 2,000– hoy sea el lugar en el que una decena de sus internos se casa.

Ciudad Barrios es la primera parada en esta gira por centros penales que tiene el objetivo de confirmar cuántos internos han buscado integrarse a talleres encaminados a dotarlos de habilidades para ganarse la vida lejos de los delitos. O si estos, por lo menos, existen. Por eso, la visita no responde tanto a la boda, que hoy llena de sonrisas a una decena de reclusos. Carlos Tiberio Valladares, “Snayper”, uno de los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha, funge como guía.

El primer destino en esta búsqueda es la panadería, en donde se encuentra Gerardo. Viste un delantal blanco de manta sobre un jeans y una camiseta. A la par de él están dos cubetas llenas de harina. En medio de este cuarto, de unos 10 metros cuadrados con piso chicloso, hay una mesa de metal que ha comenzado a oxidarse de las patas. Más al fondo hay tres cajas cuadradas de metal con puertas. Se trata de los hornos donde un grupo de 20 trabaja haciendo pan. Dicen que solo uno de los tres hornos sirve.

Gerardo es uno de los 39 jóvenes recluidos en Barrios que se dedica a hacer algún tipo de trabajo. Explica que su papá le enseñó a hacer pan desde los 12 años, ahora tiene 27. Fue condenado, en 2010, a 30 años de cárcel acusado de homicidio. Está en Barrios, pero asegura que no es miembro de la Mara Salvatrucha. Dice que fue procesado porque vio cómo un grupo de pandilleros se llevó a un investigador de una colonia en Lourdes, Colón. De acuerdo con Gerardo, el grupo le dijo que se hiciera pasar por pandillero para contar con su apoyo dentro de la cárcel.

Así lo hizo. La decisión fue un salvavidas: de ser juzgado como “civil”, habría sido enviado al centro penal La Esperanza, en Mariona. Quienes ahí dominan se hubieran encargado de investigar las razones de su encierro, se habrían dado cuenta de que lo atraparon con pandilleros y lo habrían tildado como tal. Gerardo no hubiera contado el cuento. La MS es la mara que domina en su colonia. Todo pactó para que ahora esté aquí, vivo y haciendo pan. El mes pasado, cuenta, la Cámara de lo Penal revisó su caso y –a diferencia de lo que sucedió con Dionisio Umanzor, “el Sirra”– no cambió la pena.

Gerardo encaja perfectamente en el promedio del pandillero salvadoreño recluido en las cárceles de El Salvador. Los pandilleros, al ser procesados por el sistema judicial, declaran a la Dirección General de Centros Penales (DGCP) su edad, habilidades, conocimientos, nivel de escolaridad y otras características. Con esa información, LPG Datos, la unidad de investigación social de LA PRENSA GRÁFICA, construyó lo que se podría considerar como el perfil de los pandilleros: 27 años, con estudios de tercer ciclo, con habilidades para las artes mecánicas y otros oficios, como la carpintería.

Gerardo no es el único. Otros tres pandilleros se dedican en este momento a trabajar. Con telas mechudas de colores, elaboran peluches. El acabado de sus figuras de osos, gatos y perritos es muy parecido al de las fábricas de renombre. Aunque ellos lo hacen en un espacio que le han ganado a un pasillo del penal que apenas supera el metro de anchura. El improvisado taller deja apenas sitio para que un visitante esté de pie.

Carlos Tiberio Ramírez Valladares, “Snayper”, uno de los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha, habla de los programas ocupacionales que pretende impulsar en Barrios en un salón donde funcionaba un centro de cómputo. Pero no hay ninguna computadora. Ramírez dice que se las han llevado a reparación por falta de uso y por estar cerca del taller de carpintería que funcionaba a la entrada de la penitenciaría. Hace una semana, este último fue trasladado hacia la parte interna de la cárcel, donde se supone que hay más espacio. Ahí hay 16 pandilleros que trabajan con madera. Fabrican camas, muebles, marcos y otras figuras. En el centro de todos ellos está un tipo fornido que dibuja el escudo de El Salvador sobre una pieza redonda de madera. Lo copia de una página de un libro que habla sobre los símbolos patrios.

Frente al dibujante está José Antonio Pérez, “White”, un pandillero que hoy viste como basquetbolista. Dice que ingresó a la pandilla desde que tenía 14 años. Fue condenado en 2002 a 12 años de prisión por homicidio. Espera que pronto llegue el 14 de abril de 2014. Ese día comenzará a tramitarse su libertad.

Antes de ser capturado y condenado, no había hecho nada diferente a delinquir como pandillero. Él mismo lo reconoce. Pero lo disfraza con esta frase: “Me dediqué a la calle, trabajaba de vez en cuando, pero principalmente a la calle: vendía droga”. En la cárcel aprendió carpintería y ahora es uno de los más avanzados, según lo aseguran sus compañeros. Espera tener una oportunidad de trabajo en una carpintería al salir o poder crear una empresa que pueda proveer de muebles a quienes los comercializan.

Está tatuado en el rostro y las manos. Y ahora, en medio de la tregua, habla como si lo hubieran instruido para decir frases en las que se filtre arrepentimiento, pero se nota el esfuerzo con el que las dice: sus palabras son pausadas, pero sus gestos tienen algo de artificial, de cosa impuesta.

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Dentro del penal de Ciudad Barrios se realiza un rito de Semana Santa en el que participan líderes de diferentes religiones. Entre ellos está el mediador de la tregua, monseñor Fabio Colindres. En un momento también hablan los cabecillas de la Mara Salvatrucha. Esta mañana del 3 de abril de 2013, piden a los internos mantener su compromiso de transformar sus vidas.

Hay espacio para que pandilleros aficionados al teatro realicen sociodramas. Cuadros bíblicos como la Santa Cena o el lavado de los pies de Jesús a sus apóstoles y, además, una pieza que retrata, precisamente, el tema del cambio de vida y la violencia pandilleril.

Tres jóvenes maquillados con pintura roja, la que cubre sus tatuajes, hacen las veces de los demonios tentadores, de aquellos que inclinan a los pandilleros a hacer el mal en la calle. La batalla es curiosa: ambos grupos, los de los demonios y los de los pandilleros, se hacen algunas señas, casi como aquellas que identifican a la Mara Salvatrucha, y entablan una pelea física.

Otro personaje, quien asemeja ser Jesús, les habla del perdón y de la necesidad de reconciliarse. Deciden seguir sus consejos y derrotan a los demonios con una oración. Como símbolo de victoria, se paran sobre ellos, en un guion muy parecido al de los talcigüines de Texistepeque. Las actividades terminan, los toldos, que sirvieron para cubrir a visitantes y reclusos del sol, son desmontados por otros pandilleros.

El grupo de los cabecillas de la Mara Salvatrucha, lo que en su lenguaje se conoce como la ranfla, acaba de liberarse para dar una entrevista. Sin embargo, esta no se puede hacer aquí, frente a los demás internos, por lo que sugieren moverse a un cuarto ubicado justo a la entrada del centro penal, después de los controles de ingreso.

Se llega a él desde la cancha al ascender un par de escaleras y atravesar un par de pasillos. Hay una puerta y el resto está cubierto de malla. Es un espacio que bien podría definirse como un vestíbulo. Unos muebles de madera y jute esperan a sus dueños, los cabecillas nacionales de la Mara Salvatrucha. Sus nombres están grabados en la oscura superficie.

El penal luce más limpio que lo habitual, pues las colchonetas donde duermen los reclusos han sido acomodadas en una esquina. Los cabecillas tardan unos 20 minutos en llegar. Ascienden justo cuando el reloj roza el mediodía, por lo que, en lugar de comenzar con la conversación, deciden que es hora de comer: convidan un poco de los alimentos que han sido traídos para la celebración.

Desde la cancha llega un grupo de seis o siete muchachos ataviados con pantalón de vestir y camisa manga larga azul, abotonada hasta arriba. Más que reclusos, parecen los miembros de un ministerio cristiano listos para comenzar un servicio. En efecto, fueron parte del rito religioso que se celebró en la cancha, mientras llevaban biblias bajo el brazo.

Desde un cuarto que está a un lado sacan media docena de mesas que sirven para conformar una más grande, que cubren con un mantel. También colocan tantas sillas como comensales hay en el salón. Están aquí para servirles a sus jefes.

Ya en la mesa, preguntan a cada uno si prefiere pollo o carne, lo que se encargan de proveer casi al instante, acompañado de arroz, ensalada y una gaseosa. Un plato digno de cualquier buen comedor popular.

Borromeo Henríquez, alias “el Diablito”, toma el control remoto para encender el televisor del vestíbulo-comedor. Se da cuenta de que ya no funciona y le pregunta al fotoperiodista que este día visita el centro penal si le puede dar un par de baterías. Lo hace con rapidez. A Borromeo le gusta saber que alguien le teme, como ya lo había mostrado en la primera visita a esta cárcel en el marco de la tregua, el 26 de marzo de 2012. “Esta que sea la extorsión”, dice Henríquez mientras ríe, y pone las noticias del mediodía. Cuando cada comensal apenas acaba de terminar con su plato, los jóvenes de camisa manga larga azul, abotonada hasta arriba, se acercan para retirarlo: han permanecido en las esquinas de la mesa para cumplir con esa tarea con la mayor celeridad. También se acercan con gaseosas para renovar las bebidas a quien lo pide.

Como tantas veces lo ha hecho, Carlos Tiberio Ramírez, “Snayper”, ha anotado en su voluminosa libreta los datos básicos de esta reunión: quiénes estuvieron ahí, qué se habló, la hora y la fecha. Es una especie de secretario general. Más tarde volverá a mostrar el mismo gesto, cuando conceda una entrevista. Nunca habla si antes no deja constancia escrita de lo que pasa.

Dice que es una costumbre adquirida en su etapa como bombero en Ahuachapán, la que le enseñó a ser metódico. Cuando ascendió en la jerarquía de la pandilla, esta costumbre lo llevó a anotarlo todo: extorsiones, órdenes, acuerdos. Esa agenda, se podría pensar, sería un instrumento de oro para cualquier investigador.

A este vestíbulo, vedado para el resto de recluidos del centro, se acerca de vez en cuando un pandillero a decirle cosas al oído a Ramírez. Es una especie de mensajero de sus compañeros de menor rango. Ramírez se encarga de anotar lo dicho en unos papelitos. “Snayper” explica que ahí van los encargos de cada hombre a su familia, para contar con el aval del director de esta cárcel, donde ellos parecen ser la auténtica autoridad.

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Decenas de jóvenes tatuados con el número 18 en diferentes partes del cuerpo deambulan en una pequeña explanada que parece una cancha de baloncesto. A un costado, en un cuarto oscuro sin puertas, hay dos grupos ordenados en círculo. Tienen entre sus manos un puñado de dólares mientras tiran un dado al piso de cemento. Frente a ellos está Julio, quien ha improvisado con dos palos de escoba un artilugio para poder tejer una hamaca con hilos blancos y grises en medio de este mar de cuerpos semidesnudos y cabezas rapadas. Es la tarde del 6 de febrero de 2013 en el centro penal de Cojutepeque. Esta misma mañana se visitó a la pandilla rival, la MS.

Julio es uno de los siete jóvenes que este miércoles están ocupados dentro de esta cárcel, donde hay 1,051 pandilleros del Barrio 18 resguardados por haber cometido diferentes delitos. Otros cinco pandilleros también hacen hamacas en un pasillo del sector 1 que no superaría en área al de un puesto en el mercado. Uno más teje a mano un maletín blanco con la leyenda “Nubia” en letras negras. Esos son todos los pandilleros que hacen algún trabajo este día.

Más adentro del penal, en el sector 3, hay un espacio de unos 10 metros cuadrados inundado de hamacas improvisadas que se extienden unas sobre otras hacia un techo enrejado con barrotes. Unas mantas que cuelgan en diferentes direcciones en todo ese espacio hacen las veces de pared. En el centro de ese sitio hay 15 pandilleros que se apretujan sentados frente a un pequeño televisor plasma para ver un partido de la Champions League. Unos metros más adentro hay otro grupo de pandilleros que permanecen sentados o acostados en las hamacas. Frente a ellos hay una montaña de basura, humedad y pestilencia.

Carlos Ernesto Mojica Lechuga, “el Viejo Lin”, uno de los cabecillas del Barrio 18 que están recluidos en Cojutepeque, justifica este contraste de reos, ocio y ocupación con la falta de espacios adecuados para instalar talleres dentro del penal y lo que él considera nulas oportunidades de parte del Estado. Al mismo tiempo, el cabecilla reconoce que solo un pequeño grupo de internos, un 10 % a lo mucho, se ocupa en hacer algo alguna vez durante la semana.

Como en los otros centros, aquí existe la figura del encargado de sector, un pandillero que fiscaliza quién entra y quién sale de un área específica dentro de la cárcel. Sin embargo, el ambiente del penal de Cojutepeque rebosa de anarquía. No se sabe a ciencia cierta quién tiene el dominio aquí. Ni siquiera Carlos Ernesto Mojica.

Mientras camina para ofrecer el recorrido, otro pandillero se acerca al fotoperiodista que esta tarde visita el centro. Aún con su cabecilla enfrente, le pide al forastero que le dé algo de dinero.

—No tengo nada –responde el fotoperiodista. Sin embargo, el pandillero se percata del lapicero en el bolsillo de su camisa.

—Esta que sea la colaboración –dice, mientras lo toma para sí. Lin no ha sido capaz de hacer nada, y lo que ahorita acaba de pasar, se piensa, no habría ocurrido en otra cárcel destinada a pandilleros, donde la autoridad parece ser más vertical. Las pandillas son un universo que tiene poco de homogéneo, aún en medio de la tregua.

Las diferencias del penal de Cojutepeque con el de Ciudad Barrios, visitado esta mañana, son, incluso, arquitectónicas: mientras el centro ubicado en San Miguel cuenta con una cancha donde se pueden realizar eventos, como una misa, aquí el espacio es como una cuarta parte de aquel. Los cuerpos de los internos, que pasan la mayor parte de su día hacinados, tendrían que apiñarse con los de los visitantes para caber aquí. Parece más una edificación particular, un sitio que no fue pensado para ser una cárcel.

Y mientras que en el otro penal los sanitarios están hasta el fondo de la edificación, aquí están justo a la entrada. El olor a excremento humano es el que da la bienvenida. Las montañas de basura y mugre, por otro lado, vuelven a esta cárcel un sitio difícil de sobrellevar.

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En un pequeño cuarto que funciona como aula en este centro penal, 15 pandilleros tejen hilos blancos y azules. Con mucha paciencia y tiempo (lo que aquí sobra), esa bicolor materia prima terminará convertida en varias hamacas. Los reos las venderán para ganarse algún dinero. Es la mañana del 8 de febrero de 2013, dos días después de las visitas a Ciudad Barrios y Cojutepeque en esta gira que busca comprobar qué hace el Estado para reinsertar a sus reclusos pandilleros en medio de la tregua.

Este es el centro penal de Quezaltepeque (La Libertad). Aquí están presos 882 miembros del Barrio 18, pero esta mañana solo estos 15 ocupan su tiempo en hacer alguna labor. Otra veintena juega un partido de fútbol en la cancha que está a la entrada del recinto, lo que, según explica Jeffrey Pérez, “el Xochilt”, no es habitual. Solo lo hacen los viernes, cuando el director de la cárcel se los permite. El resto de reos ve pasar sus días en medio de la nada, de fumadas de marihuana y de poco más.

William Galindo, un pandillero convertido en pastor evangélico, señala que el grupo de artesanos, en el que están casi todos los pandilleros ocupados hoy, es parte de un experimento que pretende convertirse en un proyecto ocupacional para los reos. Dice que es una iniciativa suya que se nutre con la ayuda de una iglesia evangélica externa. “Bendito de mi padre” es el nombre con el que ha bautizado este plan.

El proyecto que William empuja inició, según él mismo lo comenta, con un capital semilla de $150. Ese dinero lo puso él. Reclama que una parte pendiente de la tregua entre pandillas es el apoyo gubernamental para programas dentro de las cárceles que permitan la reinserción de los pandilleros que están dejando de cometer delitos. En otro sector del penal de Quezaltepeque hay tres máquinas de coser, pero solo una trabaja guiada por un pandillero que fabrica un maletín.

Víctor Antonio García Cerón, “Duke”, asegura que dentro de ese recinto hay pandilleros que tienen habilidades de mecánica automotriz, electricidad, “textilería” y panadería. Sin embargo, reconoce que hoy por hoy los ocupados son pocos. Al igual que en Cojutepeque, “Duke” y William confirman que solo un mínimo porcentaje de los casi 1,000 reos que resguarda ese penal se dedican a algo en esta cárcel, que ellos califican como “una bodega humana”.

En medio de este recorrido, Jeffrey Pérez, “el Xochilt”, sugiere ir hacia el sector 3 del penal, donde hay 82 mujeres internas. Veinte se declaran pandilleras activas y el resto son familiares que fueron detenidas por vínculos con miembros del Barrio 18. Dice que tampoco hacen nada. Al llegar al portón que separa a este espacio de aquel donde están las reclusas, le pide al custodio que abra, a lo que este se rehúsa, pues el pandillero no cuenta con autorización. Pérez insiste y recibe una nueva negativa.

—¿No me vas a dejar pasar? –dice Pérez, casi como en una pregunta retórica. —Ah, va –remata. Estos dos monosílabos provocan algo en el custodio, quien se acerca a los 5 minutos para decirle que puede pasar. Por su posición, no es posible saber si hizo una llamada, le preguntó a alguien más o simplemente el miedo lo venció.

Las mujeres del sector 3 se quejan de que no tienen nada en qué ocuparse. Piden al Gobierno que las tome en cuenta como lo hacen con las internas de Cárcel de Mujeres. Su petición más común son máquinas de costura para trabajar, aunque ahora una de estas máquinas sirve como la mesa para un televisor de pantalla plana.

Pérez, mientras tanto, juega con una niña. Tras estas paredes, su esposa también paga una condena. La infante es la hija de ambos, el verdadero motivo por el que “el Xochilt” pidió pasar a esta parte. Dice, sin embargo, que no le es posible ver a su retoño con la frecuencia que quisiera, pues no tiene los privilegios para pasar a ese sector cuando le venga en gana.

De regreso en el sector 2, se incorpora a la plática otro muchacho. Josué Salvador Domínguez es un pandillero que capturaron por haber disparado contra varios agentes de una unidad élite en Quezaltepeque hace seis años. Recuperará su libertad muy pronto. Es delgado en extremo, moreno, con ojos y manos inquietos. Y lo que irá a hacer allá afuera no es precisamente buscar un trabajo para ganarse la vida.

—Este muchacho volverá muy pronto a las calles –dice Pérez sobre su compañero.

—¿Y qué hará cuando lo haga?

—Él sale para llevar la palabra –responde.

El joven trasladará el mensaje para que sus compañeros libres dejen de delinquir, para que “se calmen”. Josué Salvador Domínguez pasó seis años en la prisión y no aprendió ninguna labor ocupacional (Domínguez estuvo entre los acusados de atacar un taller de la Policía Nacional Civil en el centro de San Salvador en junio de 2015. Fue asesinado por agentes de esa corporación la noche del 5 de enero de 2016 en lo que la institución describió como un intercambio de disparos en el barrio Modelo de la capital).

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La fiesta de la Virgen de las Mercedes, la patrona de los privados de libertad, se celebra el 24 de septiembre. Esa misma fecha es el Día del Recluso. Y los penales del país abren sus puertas a diferentes formas de entretenimiento. No se trata de un suceso extraordinario, pero en pleno proceso de tregua el ritmo se intensificó.

Justamente el 24 y 25 de septiembre de 2012, tres bailarinas se desnudaron en los espacios comunes de ambos sectores del penal de Izalco, en Sonsonate, para el deleite de cientos de reclusos de ambas facciones del Barrio 18. Raúl Mijango, mediador de la tregua, califica el evento como “una perversión”, un hecho que él, como mediador de la tregua, no pudo controlar. Si bien esto se salió de los parámetros por presentar mujeres desnudas, fue solo una de las actividades que todo ese mes tuvieron los reos como entretenimiento, sobre todo en penales dominados por pandillas.

Marcos (nombre ficticio) brindó el talento de sus orquestas a los eventos en conmemoración de la Virgen de las Mercedes. Asegura que fueron varios los centros penales que visitó e indica que recibió, en cada uno, un pago similar al del resto de los eventos que realiza: de $2,000 a $ 3,000. Afirma que no está seguro de dónde salía su pago, aunque indica que una parte venía de los bolsillos de los propios reclusos.

Según otros cuatro artistas que participaron en las actividades, sin relación entre sí, se podría hablar de que una docena de orquestas, discomóviles y otro tipo de variedades se presentaron en diferentes penales en septiembre de 2012. Los cuatro aseguran que cobraron cifras de entre $1,000 y $2,000. Si se hace un promedio de $1,500 por cada presentación de los que sí admitieron haber recibido un pago más lo que percibió Marcos, se podría definir una factura de $8,000 por penal.

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Carlos Barahona “Chino Tres Colas”, uno de los jefes máximos del Barrio 18, llega a la entrevista con grilletes en manos y pies. Para romper el hielo, se le pide al custodio que se los retire, para que pueda hablar con mayor comodidad. El lugar es el penal de Izalco. La fecha, el 28 de febrero de 2013. Se trata de la última visita en esta gira por diferentes centros penales para observar cómo ocupaban su tiempo los que, en teoría, ya han renunciado a delinquir.

—Te lo agradezco –dice mientras acaricia sus muñecas, ahora libres, para iniciar una nueva conversación.

La entrevista fluye en medio de promesas de cambio, de la declaración de un compromiso para “mejorar la vida de los salvadoreños” y de la negación de conversaciones directas con el ministro de Seguridad, David Munguía Payés. Es como en un guion sólidamente establecido.

La incomodidad se le sube al rostro cuando se le pregunta por el cese de las extorsiones. Afirma que es algo que se le ha cuestionado a él y a sus compañeros desde hace meses, pero no tiene una respuesta que dar. Dice que se podría hablar del tema si contaran con accesibilidad a las oportunidades “para su gente”.

—¿Qué le dirías a alguien de la calle si le tuvieras que responder por qué siguen extorsionando?

—Lo mismo que te estoy diciendo, que no hay una fuente de empleo y tienen que sobrevivir.

—Alguien que recoge basura podría decir que no tiene trabajo y sin embargo no extorsiona…

—Es diferente…

—¿Por qué?

—Las pandillas tienen otra forma de vida… Uno que no tiene tatuaje, tiene sus manos buenas y no busca un empleo es porque en realidad no le gusta trabajar, pero a un compañero que tiene la capacidad para desarrollar un trabajo, por la discriminación, no se lo van a dar aunque él quiera.

No es el único en esta postura. En un par de semanas, el 3 de abril, Carlos Tiberio Ramírez, “Snayper”, y Dionisio Umanzor, “el Sirra”, quienes serán elegidos por el resto de cabecillas de la MS para hablar por ellos en el penal de Ciudad Barrios, darán explicaciones similares.

A ellos se les cuestionará el hecho de que llamen “detractores” a todos los que critican el proceso y se les pondrá sobre la mesa un ejemplo: ¿qué pasa con las personas que tienen una panadería o un pequeño negocio?

Umanzor tomará la palabra: “Esa gente está en todo su derecho de poder expresarse porque es su trabajo el que están entregando, es su sudor el que entregan; pero nosotros no estamos cerrados a poder hablar sobre este tema. Estamos dispuestos a dialogarlo con quien competa tratar esto. Por eso es el llamado a empresarios y gente que nos pueda ayudar a entrar al trabajo legal para nuestros miembros. Nosotros con eso podemos venir y decirles dejen eso, pero tras de qué”.

Ramírez y Umanzor, sin embargo, dirán que a pesar del estigma de las extorsiones, que han continuado constantes a pesar de la reducción de homicidios, confían en que “existe la posibilidad de que haya perdón”, que el resto de la población, a la que han convertido en su víctima, deje de verlos como unos monstruos.

Sin embargo, cuando se refieran a la otra pandilla, sus enemigos, los del Barrio 18, jamás la nombrarán: como si su sola articulación pudiera quemarles los labios. Reconocerán que el perdón entre ambos grupos es “una situación difícil”: la tregua es una en precario equilibrio, pues el odio, construido durante décadas, existe. Ni siquiera ellos, sus protagonistas, saben si es posible que pase, aunque les dieran lo que ellos exigen tanto: trabajo legal y oportunidades para los miembros de su pandilla.

De vuelta en el penal de Izalco, Carlos Barahona, “Chino Tres Colas”, dice algo parecido de sus contrapartes de la Mara Salvatrucha: “Desde el momento en que tenés un enemigo es porque no lo vas a querer”. A pesar de eso, continúa insistiendo en que la tregua, el proceso que hoy salva vidas, se convertirá en un verdadero parteaguas, en la solución al problema de la violencia.

Pero señala, como lo harán los MS Ramírez y Umanzor en un par de semanas, que es indispensable que el Gobierno, por todas las de la ley, se siente a hablar con ellos, que les cumpla sus demandas. Matiza, sin embargo, que la tregua es un compromiso de ellos, independiente del Gobierno, y que se mantendrá bajo cualquier condición.

—¿Esto hasta dónde aguanta sin que se rompa?

—Mirá, nosotros nos mantenemos ya sea que nos den o no nos den, nosotros seguimos con esto.

—¿Independientemente de que no les den nada?

—Independientemente.

—¿Qué ganan entonces?

—Lo que estamos tratando de ganar es la confianza del pueblo.

—¿Te has enterado de que ya hay tres candidatos a la Presidencia de la República?

—Sí.

—Muy poco se está hablando sobre la tregua…

—Lo único que puedo decir es que independientemente de quién sea (el que gane), es que le hacemos el llamado para que siga apoyando este proceso. No por nosotros, sino por el país; es algo que le beneficia a todo el país.

—¿Ustedes se mantienen pese a cualquier cosa?

—Sí, nos mantenemos.

—¿Pese a que el Gobierno no cumpla con sus demandas?

—Este es un proceso. Nosotros nos mantenemos, te lo puedo asegurar.

Tres años después, el promedio de homicidios supera por mucho al de 2011, con 23 salvadoreños asesinados cada día. El 3 de marzo, ocho trabajadores subcontratados por una empresa de electricidad y tres agricultores fueron masacrados en el cantón Agua Escondida, en San Juan Opico. El lunes 7, el presidente Salvador Sánchez Cerén aseguró que la orden de este asesinato había salido de dos penales. Uno de ellos era el de Ciudad Barrios, el mismo espacio donde en un pasillo oscuro, hace cuatro años, un pandillero abría puerta tras puerta con su propia llave.

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