¡Cumplan! De Federico Hernández Aguilar

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 9 marzo 2016 / EDH

En enero de 2014, cuando TCS organizó un debate televisivo con los principales candidatos a la Presidencia de la República, el profesor Salvador Sánchez Cerén afirmó que pondría toda su experiencia y liderazgo al servicio del país, principalmente para frenar la alta criminalidad. “Firmé los acuerdos de paz”, fueron sus palabras, “y ahora estoy listo para ponerme al frente del combate a la delincuencia y a las extorsiones”.

Meses más tarde, ya con la banda presidencial cruzándole el pecho, el mandatario quiso reiterar lo que había prometido en materia de seguridad pública. Aunque en su discurso inaugural solo dedicó tres minutos al tema, Sánchez Cerén al menos volvió a dejar claro que él mismo se colocaría a la cabeza de los esfuerzos gubernamentales contra el crimen. “A partir de hoy”, aseguró aquella soleada mañana en CIFCO, “me pongo al frente del Sistema Nacional de Seguridad Ciudadana”.

Dicen que entre las promesas de un candidato y las acciones de un presidente existe un mundo de realidades. Esto debe ser particularmente cierto en el caso de nuestro gobernante. La semana pasada fueron masacrados once trabajadores en San Juan Opico, causando gran conmoción a la sociedad entera, y el hombre que nos ofreció ponerse “al frente” de la lucha contra la inseguridad prefirió irse a Venezuela para rendirle honores a Hugo Chávez. No vimos a ningún funcionario público en las dolorosas exequias de las víctimas salvadoreñas, pero en los eventos programados aquí para recordar al “comandante eterno” sí se aparecieron varios miembros del partido oficial.

Es lógico que la ciudadanía se indigne ante estas cosas. En momentos en que la delincuencia arrecia y su brutalidad golpea a decenas de familias a diario, ¿dónde se necesita que nuestros servidores públicos hagan presencia? Si nuestro mandatario se toma fotos ante el faraónico sarcófago de Chávez, justo al mismo tiempo en que cientos de salvadoreños lloran a una oncena de compatriotas asesinados por trabajar en territorios dominados por pandillas, ¿de dónde sacamos los motivos para creer que un día, ojalá no muy lejano, nuestras autoridades asuman por fin el liderazgo que nos prometieron?

Nadie, aclaro, está pidiendo milagros. Ningún ciudadano exige al gobierno que acabe con la delincuencia de la noche a la mañana. Lo que pedimos los salvadoreños es tener funcionarios decididos a buscar soluciones, con la mente liberada de brumas ideológicas, comprometidos en serio con procesos de consulta que nos lleven a diseñar planes efectivos de combate a la violencia. Nada más. Nada menos. Un líder con la capacidad de sentir el dolor de su propia gente no necesita ir a ninguna parte a llorar por difuntos ajenos. ¡Es aquí donde se reclama su autoridad y su empatía! ¡Es aquí, en nuestro ensangrentado suelo, donde la ciudadanía honrada sigue poniendo los muertos mientras los planes oficiales siguen arrojando pobres resultados! ¡Es para gobernar nuestro país que los salvadoreños tenemos un gobernante!

Pero algo falla en la “brújula emocional” de nuestros políticos cuando una masacre como la de San Juan Opico no les merece siquiera una reacción digna. Poco podemos esperar de burócratas que califican de “normal” el cierre de empresas cuyos empleados reciben amenazas de muerte todos los días. ¿Y qué decir del triste episodio de un presidente acusando a periodistas de faltas éticas por hacerle cuestionamientos legítimos alrededor de revelaciones escandalosas ligadas a beneficios otorgados a pandilleros en prisión?

La época de hacer promesas terminó hace rato. Más de seis años en el poder es tiempo suficiente para haber descubierto que nuestros acuciantes problemas de inseguridad no se resolverán con propaganda estatal ni acusando a medio país de fraguar complots desestabilizadores. ¡Nos urgen líderes! ¡Necesitamos funcionarios que funcionen! ¡Demandamos servidores públicos competentes, que se olviden de hacer política partidaria y se enfoquen en construir consensos! El Salvador no está para seguir esperando a que las ofertas electorales se conviertan, para variar, en acciones gubernamentales efectivas. ¡Cumplan, señores! ¡Cumplan!

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