La siega. De Cristian Villalta

Christian Villalta

Christian Villalta

Cristian Villalta, 14 febrero 2016 / LPG

Sé de gente que se gasta cantidades pornográficas de dinero en libros. Libros de Paulo Coelho, aclaro. O en joyería, automóviles, bisturíes en el derrière, en emplear inútiles para insultarte por Twitter… Si no puedes ofender a los demás con tu ostentación, ¿para qué ser rico, no?

Tampoco estoy de acuerdo con los que ahora le critican por no haber sido el redentor de la derecha ni el Mesías de la izquierda. Cuando votamos por usted (sí), lo hicimos creyendo que el país necesitaba de la alternancia como un fin en sí misma. Y ni modo que votáramos por el PDC o el PCN, hasta el humor negro tiene un límite.

la prensa graficaConfiábamos en que solo la alternancia acabaría con la polarización, posibilitaría la depuración de la clase política e impediría que la generación que hizo la guerra se extinguiera sin rendir cuentas. La alternancia suponía un triunfo del FMLN, que debía ganar pese a sí mismo. Y para que eso fuese posible, se necesitaba un candidato que no fuese pura sangre. Que tuviese maneras de izquierda, modales de izquierda, un discurso esperanzador, que representara una promesa de paz en la posguerra. Pero el mínimo necesario era que simbolizara el cambio, lo demás era maquillaje. Y le tocó a usted.

La relevancia histórica de su figura ya estaba garantizada, pues. Tras años de ir en contra de la lógica histórica, el Estado salvadoreño se permitía un relevo auténtico en el poder político. Y con la inercia del péndulo como vehículo, gobernó. Eso nadie se lo quitará, nadie podrá borrarlo de los libros de historia de las próximas generaciones. Y a su favor, señor, debo decir que en la famélica memoria de los textos, no cabrán los detalles. No habrá un cuadro explicando cómo cambió de amigos, no habrá una sinopsis de los intereses que algunos de sus ministros defendieron, y mucho menos un índice de los apetitos que satisfizo ni del dinero que ocupó para saciarlos.

En los libros de historia que leerán sus nietos no habrá un prontuario de los huesos que, enterrados en nuestro suelo, siguen gritando sin que el Estado mueva un dedo para publicar la verdad o impartir justicia, ni de los funcionarios que prefirieron ver hacia otro lado en lugar de reconocer esa deuda. Un párrafo de ese calibre incluiría a todos los presidentes de nuestra vida democrática, no solo el suyo. Pero con una distinción: de todos ellos, solo usted hizo campaña mencionando a monseñor, a los padres y a las víctimas del terrorismo de Estado.

He ahí la singularidad de su situación. No fue mejor ni peor estadista que sus antecesores. No fue el más antidemócrata de los presidentes de nuestra democracia, ni el menos. No fue el único con funcionarios miserables, algunos de ellos vulgares ladrones con buenos modales. Pero las oportunidades que desperdició para que nuestro país fuera mejor, esas son imperdonables. La sociedad estaba lista, las instituciones también, y hubo un antojo de cambio, una sensación de inexorable relevo, de movimiento de placas, que devinieron en nada. En lugar de ser el catalizador que despolarizara el espectro político, nadie abonó como usted a la crispación en ARENA y el FMLN. En lugar de ser el vocero de un nuevo país, que necesita conocer la verdad para perdonar y seguir adelante, se unió a la congregación del silencio. En eso, no ha sido mejor que el peor de los militares. Y de la depuración de la clase política, que llega lenta e inevitable, usted no fue inspirador entonces sino triste protagonista ahora.

Gracias a y pese a usted, la lógica histórica no se detuvo. Y hoy, en la hora de la siega, se puede andar con zapatos pero estar descalzo.

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