Una propuesta con mucha nostalgia y poca eficacia. De Joaquín Samayoa

Joaquin SamayoaJoaquín Samayoa, 11 febrero 2016 / EDH-Observadores

La Comisión de Educación y Cultura de la Asamblea Legislativa emitió dictamen favorable para discutir en el pleno una iniciativa del partido GANA que apunta a establecer la obligatoriedad de impartir una nueva asignatura en los centros de educación básica y media. La idea es desempolvar la materia “Moral, Urbanidad y Cívica” que se enseñaba antes de la reforma educativa de 1968.

Al igual que la idea de leer la Biblia en las escuelas, recientemente propuesta por un diputado del PCN, la cual no encontró respaldo suficiente en otras fracciones legislativas, la inclusión de “moral y cívica” (como ahora la llaman) en el currículo responde a muy buenas intenciones pero refleja poco entendimiento del problema que busca resolver.

Se argumenta que antes, cuando se impartía esa asignatura, los estudiantes eran más disciplinados y no se involucraban en actividades delictivas. El argumento sostiene implícitamente que era gracias a la enseñanza de esa asignatura que los jóvenes eran bien portados. El problema es que no hay y nunca hubo estudio alguno que recabara evidencias de que la tal asignatura realmente tenía el impacto que ahora pretenden atribuirle.

Lo que yo recuerdo es que era una asignatura totalmente irrelevante. Lo que en aquellos tiempos lograron los colegios y escuelas en la educación de los jóvenes se debió a muchas otras cosas. En primer lugar, el buen ejemplo de los adultos que se relacionaban con nosotros. En segundo lugar, la disciplina, que entonces se valoraba y se hacía valer. En tercer lugar, la importancia que se le daba al deporte como forma sana de entretenimiento y drenaje de energías juveniles, pero también como instrumento para inculcar el respeto a las normas, el trabajo en equipo y la convivencia armónica.

Pero tan importante como lo que se hace o se deja de hacer en los centros educativos es el entorno familiar y social de los jóvenes. En ese aspecto, las cosas han cambiado drásticamente en el mundo y en nuestra sociedad. La vida es ahora mucho más compleja en todo sentido. Ahora hay distracciones y peligros inmensamente mayores para los jóvenes.

Los bolsones de marginalidad urbana han crecido inmensamente, generando entornos muy poco propicios para la educación en el seno de las familias que habitan en esas zonas de hacinamiento y pobreza. Para alivio de males, muchos padres y madres de familia ahora trabajan hasta tarde en la noche y no encuentran tiempo ni energías para hacerse cargo de la educación de sus hijos. A eso hay que añadir la desintegración familiar ocasionada por la migración de todos los que huyen de la inseguridad o buscan desesperadamente oportunidades económicas que nuestro país no ofrece.

Los jóvenes que andan por malos caminos no son los que escucharían las lecciones de moral y cívica en las escuelas, sino los cientos de miles que están fuera de ellas. El verdadero reto del sistema educativo está en retener a los niños y jóvenes que desde hace años vienen fracasando y desertando. Retenerlos a pesar de todo lo negativo y adverso de la realidad familiar y social en que viven. Para ello son muchas las cosas que deben cambiar en el sistema educativo, muchas las cosas que deben hacerse para mejorar los barrios en que viven, muchas las cosas que deben hacerse para que los jóvenes vuelvan a tener convicción de que vale la pena educarse.

La asignatura que se busca añadir al plan de estudios no es siquiera principio de solución para ninguno de los problemas que una verdadera política de juventud debiera asumir con lucidez y creatividad. Es una asignatura, además, para la cual el sistema educativo no tiene personal docente con las actitudes y competencias necesarias. Una asignatura que entrará como aprieta-canuto en un programa de estudios ya bastante cargado y con notables deficiencias; una asignatura que, a pesar de las buenas intenciones, volverá a ser irrelevante.

Yo esperaría que, en vez de acallar sus conciencias aprobando apresuradamente una mala solución a los problemas, el pleno legislativo y el Ministerio de Educación promuevan una discusión más a fondo sobre la problemática de la juventud y de la familia salvadoreña, con los pies bien asentados en las crudas realidades que a diario deben enfrentar.

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