Poder ciudadano. De Roberto Rubio

En el libro La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper afirmaba: “La democracia consiste en poner bajo control al poder político” (podemos agregar también, al poder económico). En efecto, la democracia no solo es un ejercicio electoral y el poder ciudadano solo el poder del voto, sino que trata también de un ejercicio permanente de ciudadanía, donde el poder ciudadano reside en su capacidad de limitar el poder del Estado. Se trata de un sistema donde no solo el Estado controla a sus ciudadanos, sino y sobre todo donde la ciudadanía controla al Estado.

roberto rubio

Roberto Rubio, director ejecutivo de FUNDE

Roberto Rubio, 18 enero 2016 / LPG

En ese contexto de limitaciones al poder, la democracia ya no es solamente una dinámica de contrapesos institucionales, de regulaciones y controles entre los poderes del Estado. Asimismo, los juegos del poder y de la influencia ya no solo se dan entre el Estado y los llamados poderes fácticos. Ahora se está comenzando a desplegar el contrapeso y la influencia del poder de la ciudadanía, potenciada por el desarrollo de las comunicaciones e interconexiones, e impulsada, entre otros factores, por la fuerza de la indignación.

Como apunta el escritor Joaquín Estefanía en su reseña del libro Estado de Crisis de Z. Bauman y C. Bordini: “Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la indignación”. Si Marx y Engels, aquellos dos exaltados e irascibles jóvenes renanos, se propusieran redactar hoy su ya casi bicentenario Manifiesto Comunista, es muy posible que lo comenzasen con esta frase inicial… Esta indignación que recorre el mundo, con muy diferentes manifestaciones, ha dado lugar a lo que los autores denominan “antipolítica”, en relación con las críticas la prensa graficacontra la gigantesca desigualdad de oportunidades y de resultados, contra la corrupción, los escándalos, la dilapidación de dinero público y su malversación con fines privados, contra la ineficiencia de los controles en forma de autorregulación o desregulación… El efecto de todo ello no podía ser otro que un profundo sentimiento de ultraje, seguido de un alejamiento de la política tradicional, con una sensación de náusea e inutilidad”. (El País, Babelia, 9/1/2016).

Esa fuerza de la indignación es la que está comenzando a mover a los ciudadanos en Latinoamérica, y la que en muchos casos está imponiendo límites al poder corrupto, público y privado, y produciendo importantes transformaciones. Esta especie de “primavera latinoamericana” ha llevado a la renuncia y captura del presidente y vicepresidenta en Guatemala, como podría ocurrir algo semejante en Brasil; es la fuerza de la indignación la que está fortaleciendo la justicia y llevando a cientos de altos funcionarios y decenas de empresarios a juicio en Honduras, Guatemala y Brasil. Aunque la sostenibilidad de los cambios generados por este poder de la ciudadanía está todavía en duda (pues se pueden prestar al populismo y autoritarismo), no cabe duda de que con él se abre la posibilidad de importantes y positivos cambios.

En El Salvador, el despliegue de ese poder todavía es incipiente. Sin embargo, su manifestación, más cualitativa que cuantitativa, ha dado importantes frutos. Valga traer a cuenta algunas acciones de incidencia ciudadana de los últimos años: derogación del decreto 743; presión en torno a la Asamblea Legislativa para que los diputados no se incrementaran salarios, despilfarraran dineros en fiestas navideñas o revelaran nombres/salarios de asesores; presentación de exitosas demandas ciudadanas de inconstitucionalidad que han favorecido la democracia y la lucha contra la corrupción, etcétera. Es cierto que estos logros han sido posibles gracias al acompañamiento de la Sala de lo Constitucional y algunos medios de comunicación, pero no cabe duda de que son manifestaciones de un incipiente poder ciudadano en desarrollo.

En el país, la fecunda organización ciudadana está todavía dispersa y poco articulada, le falta músculo, y no ha logrado por el momento penetrar y entusiasmar a sectores importantes de la población desencantada. Sin embargo, un fantasma de indignación recorre la sociedad salvadoreña. Se siente que algo está surgiendo, se palpa que la preocupación por el deterioro nacional está moviendo y juntando nuevas voluntades, se perciben brotes de frescos esfuerzos ciudadanos. En fin, poco a poco se asoma un avance esperanzador en el ejercicio enderezador del poder ciudadano.

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