Correr con el duelo. De Claudia Ramírez

Perder a un familiar siempre supone un inmenso dolor. Antes de la resignación hay mucha tristeza, muchas dudas, mucha incertidumbre. Mucho de ese vacío en el estómago y en el corazón.

claudia ramirezClaudia Ramírez, 23 agosto 2015 / LPG

A veces se llora por  la muerte, a veces se llora por la vida desperdiciada. A veces se llora por lo que no se pudo hacer ante la enfermedad o por lo que no se pudo hacer ante un cúmulo de malas decisiones.

 Cuando la muerte viene de manera violenta o inesperada –o ambas– los sentimientos se agudizan. El dolor trae ira e indignación. Y entonces, este país se encarga de volver aún más indigna la muerte, al proceso de decir adiós, del consuelo familiar.

Cuando en un país asesinan a 40 personas en un solo día uno no puede evitar alarmarse y cuestionar con angustia qué le está pasando a este país.

 Pero al familiar de cada uno de esos 40 muertos qué le queda. En El Salvador cada día les queda menos consuelo y más rabia.

El martes pasado, cuando este periódico reportaba que entre lunes y martes ocurrieron 82 homicidios, también daba cuenta que, de estos, 31 habían ocurrido en el oriente del país.

 Mientras sobrellevaba el duelo de la muerte descubrí la normalidad de una iglesia que tiene que acelerar sus misas de cuerpo presente, porque debe cubrir el consuelo para  siete muertes violentas y tres más por “muerte natural”.

Con horror y tristeza vi cómo los carros fúnebres se apilaban frente  a las puertas de la iglesia en el centro de San Miguel esperando, una tras otra, que familiares y ataúdes abandonaran la morada para continuar con la siguiente misa.

Familiares acongojados, dolidos, sorprendidos por la muerte tenían que acelerar el paso y el dolor porque habían demasiado muertos.

Ese martes, 10 familias estaban despidiendo a un ser querido solo en San Miguel, en medio de la carrera de buscar una funeraria, encontrar “cupo” para una misa y buscar un lugar donde depositar el cuerpo ya sin vida. Porque los cupos en el cementerio también escasean.

Este país trata mal a sus muertos y peor a sus  familiares. Nos hemos convertido en un país que maquila asesinatos. Aquí  maquilamos misas, velas, entierros, llanto y dolor.

A dónde mandamos todo ese dolor que nos embarga como país. ¿Cómo lo gestionamos para que no se nos regrese en forma de más violencia?

De a poco, todos vamos reventando la burbuja cuando alguien cercano  parte por causa de la violencia.

Y es normal. Lo normalizamos. La sala de velaciones abre más cuartos para poner más ataúdes, el padre de la iglesia acorta el tiempo de las mismas y adelanta las horas y espera que los carros fúnebres hagan fila frente a la puerta  y esperen su turno para la bendición acelerada.

 Y los empleados del cementerio aceleran el paso y abren más hoyos.

Y las madres, los padres, los hijos agilizan el llanto y así nos volvemos duros y contamos cifras y no nos indignamos porque ahora somos el país más violento.

Y no hacemos nada y nos callamos y lloramos en silencio. O ya no lloramos. ¿Qué hace falta para que esto nos golpee de verdad y hagamos algo? o ¿Qué hacemos?

Yo no tengo la respuesta, pero lo más triste es que tampoco los llamados a responder por esta crisis la tienen. Y si la tienen, no se nota.

Que en paz descansen nuestros muertos, porque aquí en la tierra, en este país, queda muy poco de esa paz.

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