San Martín y la caída de Bukele

Plaza San Martín

Artículo de El Diario de Hoy del 30 de enero de 2015 que confirmó que Nayib Bukele se había equivocado durante el primer debate electoral, porque sí existe en el centro de San Salvador la plaza San Martín.

En el debate del domingo 8 de febrero, el candidato del FMLN por San Salvador, Nayib Bukele, insistió que no se había equivocado al decir en el primer debate que no existía la plaza San Martín, porque no está dedicada a “San Martín, el santo” sino a “San Martín, el libertador”. ¿Es esto importante? Si hablamos del carácter de los candidatos, sí lo es, dice nuestro columnista.

Jorge Ávalos

Cuando yo era niño y estudiaba en un colegio católico, el Externado de San José, nuestro maestro de catecismo nos contó un chiste sobre San Martín. Sí, señor Nayib Bukele, a diferencia de otras religiones, en el catolicismo podemos contar chistes sobre nuestros profetas, nuestros beatos, nuestros santos e, incluso, le contamos cuentos a los niños sobre el buen sentido del humor de Dios, que creó a un mamífero con boca de pato —el ornitorrinco—, que le dio un cuello muy largo a la jirafa, una nariz extraña al elefante, un cuerno que hace bizco al rinoceronte y que a la pobre gallina la hizo parir huevos grandes pese a darle un culo tan chiquito.

El chiste sobre San Martín es sobre un hombre tan arrogante, que siempre creía tener la razón. No, senor Bukele, no me estoy inventando esto aunque le caiga tan al pelo. El personaje del chiste de San Martín estaba siempre convencido de tener la razón, pese a que nunca estaba en lo correcto. Él creía saberlo todo pero siempre, sin excepción, tomaba la senda equivocada y era incapaz de aceptar que no sabía algo cuando se le señalaba un error o cuando se le reclamaba. En una ocasión tomó un vehículo que no sabía conducir, por un camino por el que no debía transcurrir, y tras un grave choque quedó colgado de una rama al borde de un abismo. En ese momento, invocó al primer santo que se le cruzó por la mente.

“¡Salvame, San Martín, salvame!”, rogó.

En ese instante, flotando en el aire, apareció la figura piadosa del santo extendiéndole la mano. Aliviado, el hombre arrogante trató de agarrar la mano pero, en ese instante, el santo la retiró.

“Dime, hijo mío”, dijo el santo, “¿cuál San Martín soy yo, el de Porres, el Papa, o el de Tours?”

En la religión católica, señor Bukele, no existe un San Martín a secas. Cada uno de nuestros santos llamados San Martín lleva un apellido distinto —San Martín de Porres, San Martín Papa y San Martín de Tours— y cada uno responde al llamado piadoso de diferentes tribulaciones humanas. Al hombre al borde del abismo se le habría aparecido San Martín Papa, pero no para ayudar a la persona en apuros, sino para recordarle que si actuó bien, su sufrimiento sobre la tierra le parecerá muy breve en comparación con el “inmenso gozar en la gloria celestial”.

San Martín Papa no llega para salvarte de una caída, sino para confirmarte que vas a caer.

Podría decirnos, señor Bukele, ¿de cuál “San Martín, el santo” nos habló durante el debate electoral del domingo 8 de febrero?

¿Cómo es posible, señor Bukele, que ahora pretenda aparecer ante la gran población católica de San Salvador como un experto en santos? Durante el debate le dijo a su contendiente en las elecciones, Edwin Zamora, que usted no se equivocó antes al decir que la plaza San Martín no existe, porque no es la plaza de “San Martín, el santo”, sino la plaza de “San Martín, el libertador”. Eso lo sabíamos todos los que no estuvimos distraídos en las clases de historia de primaria, porque sólo hay un San Martín a secas a quien le podríamos dedicar una plaza pública en el centro de San Salvador: el libertador argentino José de San Martín. Es a los paladines de la libertad a quienes les dedicamos estas plazas o bulevares en San Salvador, como a Morazán o a Bolívar, o a los Próceres o a los Héroes que lucharon contra la colonia o la dictadura.

El que convirtió este tema en un asunto electoral fue usted, señor Bukele. Yo habría creído que estos pequeños errores que cometió en el primer debate no habían tenido ninguna importancia. Los habíamos olvidado. Pero entonces reapareció en el debate del domingo 8 de febrero para intentar demostrar a toda costa que usted nunca se había equivocado: argumentó que no se equivocó al usar una cifra sin fundamento técnico para cuantificar a la población de San Salvador (la única fuente oficial y de valor técnico es el censo, no el padrón); y argumentó que no se equivocó al decir que no existía la plaza San Martín. Todos lo vimos hacer el ridículo insistiendo en datos falsos para tratar de ganar argumentos irrelevantes.

Es usted señor Bukele quien puso este tema sobre la mesa: el de la integridad de carácter, una virtud que, para sostenerse, requiere de humildad ante los errores propios. Sin esa capacidad de aceptación de los errores que se cometen, no puede haber liderazgo, porque usted, como lo demostró en el debate, prefiere mantenerse en el camino del yerro sólo para probar que es infalible. Eso es lo que nos demostró con su cantinflesco argumento sobre el tema más insignificante en esta elección. Nos demostró que, para usted, defender su orgullo es más importante que tratar los temas sobre los cuales los ciudadanos de San Salvador piden soluciones. Y el tema de su orgullo sí es importante esta vez, porque va al corazón de la contienda y porque a esto se reducen las evaluaciones de los electores en estos últimos días antes del día del voto: ¿Cuál candidato tiene la capacidad, la integridad y el carácter para servir a los capitalinos?

Porque esto sí lo necesitamos a toda costa: un alcalde consciente de la responsabilidad de su servicio público hacia la capital. Es decir, alguien con la capacidad para manejar y aplicar bien sus conocimientos, la integridad para ser consistente con sus principios ante las más diversas situaciones y el carácter para afrontar momentos difíciles sin perder de vista que se trabaja por el bien de una ciudad y no de su imagen personal.

Le comparto un último chiste antes de despedirme. Es uno de mis favoritos, y nos enseña que hay que contar siempre con buenos asesores. Es sobre San Pedro y su gran asesor: Jesús el Nazareno. Cuentan que en cierta ocasión, ambos se conducían en una frágil barca por el mar cuando se desató una tormenta. Entre aquellas aguas agitadas, la vida de ambos estaba en peligro. “Seguime”, dijo Jesús, muy tranquilo, salió de la barca y caminó sobre las aguas hacia la orilla. Pedro, que todavía no era santo, comprendió que sólo la fe lo podía salvar y decidió seguir a Jesús. Pero cuando puso sus pies en el agua, se hundió. Estaba a punto de ahogarse, cuando Jesús se le acercó y le dijo: “Por las piedras, Pedro, no seás bruto, caminá por las piedras, que sólo Dios puede caminar sobre las aguas”.

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